Dos conductas se evidencian en la prensa en su manejo sobre los temas financieros y el rol del Banco Central del Paraguay (BCP). La diferencia entre ambos modelos radica en el respeto a las reglas institucionales y la que apela a la perversidad para romper las líneas democráticas.
Un estilo de periodismo opera teniendo en cuenta las normas que rigen dentro de un Estado de derecho y el otro recurre a ataques sistemáticos para deslegitimar las instituciones. El primero fiscaliza, esforzándose, por imponer mesura; el otro funciona siendo su prioridad, como sea, el colapso del orden estipulado en toda sociedad abierta.
Una prensa tiene como principio el equilibrio, la otra azuza con la polarización radical. La primera tiene una línea editorial que trata de cuidar la integridad de la información, la segunda apunta a agitar las emociones.
Una acerca la comunicación para que el ciudadano (el receptor) forme su propia opinión, la otra toma la vocería tratando de forzar una reacción de encono y fanática del público.
Una se caracteriza por la mesura (la prudencia), la otra orilla el sensacionalismo (cruel y barato). Mientras una tiene el objetivo de la veracidad, la otra –por medio del grito de barricada– quiere generar la oposición visceral.
La prensa responsable con el país no renuncia a fiscalizar el poder dentro del marco institucional. La irresponsable apuesta, una y otra vez, a debilitar la República. Una relata buscando ajustarse al compromiso ético, la otra simplemente delira en su meta de instrumentar el noble oficio de informar.
El periodismo serio no está con la idea de manipular, por repetición, la opinión pública para favorecer intereses particulares y de grupos. En tanto, el discurso del odio sostiene narrativas pensadas en fracturar la sociedad y causar así desestabilización en la nación.
A una prensa interesa el bien general en Paraguay, la otra toma la posverdad sin contrastar la fuente. Una toma como la voz oficial la del BCP (para lo cual esperó con paciencia su informe al Senado), la otra da, increíblemente, crédito (cada día y continuamente) a una informalidad llamada “informe Rivarola”.
Una prensa, por sus hechos, alienta a que se fortalezcan las instituciones, la otra (por apetencias personales o de grupo) ignora el Estado de derecho. En fin, está la prensa que quiere construir la conducta severa pero serena e igualmente está la prensa paranoica, que alucina al no asumir aún que el periodismo no está sobre la sociedad paraguaya.


