La dictadura y la democracia

Estos 37 años que pasaron desde la caída de Stroessner es el mayor espacio de libertad de manera interrumpida en la historia nacional.

| Por La Tribuna
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La dictadura y la democracia

Estos 37 años que pasaron desde la caída de Stroessner es el mayor espacio de libertad de manera interrumpida en la historia nacional. Es buen tiempo para entender que las exigencias son diferentes entre soportar un poder vertical y construir la democracia.

No es igual un Estado de opresión con aquél que brinda la posibilidad de accionar por equiparar las oportunidades. En el primero uno tiene dos opciones: es obediente o se revela. En el otro se impone la participación proactiva bajo el amparo de la cuota de responsabilidad personal y ciudadana.

En un círculo político cerrado no existe la ley para el pueblo, los sufragios se simulan y las opiniones son censuradas. En uno abierto rige el respeto a las leyes, las votaciones son libres y la población tiene hasta como deber interesarse de los asuntos públicos.

Vivir en dictadura es sinónimo de silencio y la renuncia a cuestionar a quien detenta el poder. Vivir en democracia es saber que el permanente grito solo con el objetivo de intriga monoscaba la construcción de la institucionalidad.

En la dictadura se justifica la bronca permanente, incluso, tal vez, el odio y el encono. La democracia reclama el pensar, la creatividad, las sanas intenciones y entender que la ciudadanía está bajo la bandera de derechos y deberes.

En un régimen autoritario cabe la resistencia, la oposición por oposición. Sin embargo, la libertad requiere planear soluciones, negociar entre sectores opuestos, construir consensos, renovar las ideas y diseñar políticas públicas efectivas para convivir en la diversidad.

Mientras que en la dictadura la visión se puede simplificar en la liviandad entre lo blanco y lo negro, en la democracia el ambiente es complejo, lleno de matices. Acá los líderes de opinión deben pensar y actuar en coherencia para resolver los problemas comunes, sin recurrir a la malicia y la fuerza.

La democracia no se declara, se la práctica. Una de sus bases es el respeto a los derechos de los demás, aceptar el disenso y la competencia de manera pacífica. Eso de creer que aún cabe el ánimo de rebelión o querer hacer permanentes facturas a la democracia por una supuesta lucha contra la dictadura es cuasi estúpido.

La Tribuna, como medio de prensa, tiene clara la línea a favor de la democracia. El hecho de haber sufrido avatares de parte de los Morinigo y Stroessner no da derecho a hacernos la víctima ni es una licencia para estar en revancha contra las instituciones. Sabemos que en un país libre, la soberana tarea es trabajar, trabajar y trabajar, por el propio peso de la competencia que genera la libertad.

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