La herencia que dejará Santiago Peña, eso se percibe, es la base para una política de Estado perenne en el tiempo. Mirando lo sucedido desde el comienzo de la transición democrática, 1989, es la primera vez que se está construyendo el cimiento para que siga un plan de largo plazo, que no debe cambiar cuando se sucedan los gobiernos que vengan a partir del 2028.
Ciertamente, nuestra opinión es posible que sea negada, no por la lectura neutral sobre la realidad, sino por intereses dirigidos a especular para que todo siga girando sobre lo mismo. Observando su relación con su actual vicepresidente, Pedro Aliana, y la sinergia con el líder de la ANR, Horacio Cartes, hay espacio para sostener que existe un modelo de soporte de gestión elaborado que puede trascender a Peña.
Lo nuestro no es una visión sectaria hacia un sector político. Al contrario, el ideal describe que también los grupos de la oposición deben estar coaccionados sin que eso signifique esquivar las diferencias e internas democráticas. La política de Estado, eso en otras naciones se confirma, es que cuando asuma otro color ideológico, se mantenga el seguimiento a los proyectos de largo plazo.
Ayer se cumplieron tres años del gobierno de Peña. En medio de los dimes y diretes en las evaluaciones, difícil será negar que un principio sólido hasta ahora está en la estabilidad macroeconómica y el ejercicio institucional entre los poderes del Estado. Tampoco es poca cosa la vigencia de la libertad de mercado sin injerencia estatal y el fomento de la competencia privada sobre la eficiencia.
El ambiente ciudadano se caracteriza por la paz social ante la prioridad concedida a Hambre Cero, Che Róga Porã, Adultos Mayores y titulación masiva de las tierras. Ya va resultar reiterativo insistir en la economía que se puede representar en dos polos: el grado de inversión que atrae inversiones y la cantidad en la disminución del precio del combustible, esto dentro de una globalidad con guerras en zonas petroleras.
Paraguay requiere que sus recursos humanos hagan el salto cualitativo en apuntalar un plan nacional de desarrollo extendido a varias administraciones de gobierno. La mirada patriótica hará ver que existen condiciones para encaminar una hoja de ruta estratégica. Y con ella la oportunidad para ejecutar algo que nunca antes fue llevado adelante.
Claramente, eso se debe comprender, para que haya una política de Estado se requiere un piso firme. Lo está haciendo Peña. Por eso, también será crucial que haya el hábito de empezar a elegir estadistas para no detener la innovación en las próximas décadas. Es insuficiente pensar solo en designar un presidente.
Únicamente dando seguimiento a lo bien hecho, para satisfacer necesidades básicas, se dará finiquito real a eso de erradicar la pobreza extrema. Ello, claro que sí, con el agregado que el mayor fortalecimiento institucional en el 2028 es una agenda obligatoria para que se encadenen otras reformas estructurales y así sean efectivas las metas a largo plazo.
Aunque cueste a algunos entender o asumir, Peña está liderando un mandato constitucional donde el norte asumido es el rumbo, pensado y en ejecución, para el inicio de algo tan necesario para la democracia: una República con política de Estado, que en carácter es un deber para los próximos gobiernos venideros y así convertir en hecho eso de “el despertar de un gigante”.


