Editorial

El Mundial y el valor de unidad para multiplicar la evolución país

El fútbol global 2026 dejó saldos positivos tanto en lo deportivo como en el sentimiento histórico hacia la nación. Ambos factores son importantes y,…

| Por La Tribuna
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El fútbol global 2026 dejó saldos positivos tanto en lo deportivo como en el sentimiento histórico hacia la nación. Ambos factores son importantes y, en sinergia, encaminan la lección para comprender que se puede y que se puede aún más. Es que al Paraguay cuando se le conoce se potencia ese amor sublime para poner el mejor esfuerzo por su desarrollo en todas las áreas.

El regreso a la máxima cita deportiva dejó el resurgimiento de la ilusión al alcanzar los octavos. Más todavía cuando se eliminó del torneo a la cuatro veces campeona Alemania. Eso desató festejos masivos y dejó la vara alta para que, en la próxima justa global, el objetivo sea severamente superior.

El combinado albirrojo, con su arraigado carácter y garra, hizo el recupero de la esencia guaraní basada en el sentimiento de unión. Observando aquellos momentos, la Copa del Mundo significó una comunión social, donde el pueblo —en una voz— celebró el sacrificio y que el corazón del equipo lata fuerte en defensa de los colores.

Es decir, la propia clasificación y la participación de la Albirroja en el Mundial representó mucho más que fútbol. Es rescatable esa inyección de identidad y orgullo del ser nacional. Fue especial ver a los jóvenes interesados sintiendo el pasado de una nación con base sólida en la resiliencia y el coraje.

El Mundial desplegó una autoestima. Incluso, movió la economía por el ánimo de la gente que ayudó a incrementar el consumo interno. Hubo un grito de identidad con banderas que se portaban con orgullo, mientras que la gente coreaba y bailaba músicas tradicionales; la guarania sonaba fuerte y la polca invitaba a la danza en una mezcla emotiva.

Las familias y los amigos se reunían en un espacio fraterno donde se simbolizaba el traspaso generacional de las tradiciones y la esperanza compartida de todo un pueblo que puede y que no tiene techo. El fervor popular y el cariño a una causa amada desplegaron un espectro conmovedor y sensible.

Los desafíos vividos en el torneo que culminó ayer evocan el espíritu del verdadero varón y de la auténtica mujer nacidos en esta tierra roja. Él y ella demostraron la dignidad por una cultura y unas raíces perennes con el paso del tiempo. La ciudadanía y la patria representan un amor inconmensurable e indisoluble.

Queda la trascendencia de la unidad, pues si hasta en la adversidad “se puede”, serán mayores los logros cuando prevalezcan las coincidencias en medio de la diversidad. Por eso, no debe darse oportunidad a quienes únicamente buscan fraccionar todo en pedazos. Definitivamente, el sentido de unidad multiplica la verdad de que el Paraguay no tiene límites para su evolución y crecimiento.

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