Posiciones de idas y vueltas extendidas en el plano internacional generaron el cruce entre la senadora paraguaya Celeste Amarilla y el futbolista de la selección francesa Kylian Mbappé. Las reacciones posteriores se centraron sobre discriminación (1), racismo (2) y libre expresión (3). A grandes rasgos, hablemos un poco de los tres puntos mencionados.
1. La discriminación es el injusto y desigual trato a una persona o grupo basado en prejuicios como el origen étnico, género, edad, discapacidad, religión u orientación sexual. ¿Cuál es su meta? Restringir o anular, en esencia, el reconocimiento y ejercicio de los derechos humanos y las libertades fundamentales.
2. El racismo es considerado una ideología que sostiene que un grupo étnico o biológico es superior a los demás. ¿Cuál es su meta? Justificar, en esencia, la exclusión, persecución, deshumanización y discriminación basándose en su raza, color de piel, origen o lengua.
3. La libertad de expresión es el pilar de la democracia, que garantiza a todas las personas la capacidad de buscar, recibir y difundir ideas. ¿Cuál es su meta? Que las opiniones e informaciones sean difundidas sin temor a censura o represalias. Incluye cualquier medio de prensa (oral, escrito, digital o artístico).
En los debates posteriores sobre los tres temas en cuestión, observando con rigor sus objetivos finales, parece que, mayormente, todo comenzó en perfiles personales vinculados más al carácter, a los que, con algún porcentaje de objetividad, después se sumaron estilos de liderazgos, incluyendo a los gobiernos que se pronunciaron. Se añade, que quede claro, que toda libertad conlleva su cuota de responsabilidad.
Hay una premisa que recomienda que cuando se habla de manera personal, estando en cargo público o en nombre del Estado, debe hablarse en primer lugar a uno mismo, internamente. Parece que tanto la legisladora como el futbolista no tuvieron en cuenta eso: pensaron más bien en egos y en la dimensión que permiten las redes sociales para llegar al receptor.
Existe, ciertamente, el deseo humano de la figuración y la atención mediática, más aún en esta era de la comunicación. Todo eso sin el tino de la proyección y los efectos de lo que uno afirma.
Lo real es que el atleta y la parlamentaria se excedieron, pero más que discriminación y racismo, suena que existieron prejuicios personales e inseguridades sociales, por no decir otra cosa.
La legisladora reaccionó sin elegancia, fiel a su estilo. El jugador, luego de incitar y tras recibir contenidos de grueso calibre, pidió protección como figura de su país. Francia, asumiendo su lógica parcialidad, pone en agenda –justo– el racismo, mientras que Paraguay, sin necesidad justificada, sale a sentar su postura de manera oficial.
La Tribuna, por encima de los dimes y diretes, como medio de comunicación, concentra su interés en el uso responsable de la libre expresión, y espera que detrás de los acontecimientos no exista algún avance silencioso que vaya cercenándola, ya que la libertad de prensa es crucial para combatir la discriminación y el racismo. Estos flagelos históricos no se podrán combatir si la libre expresión y la libertad de prensa son censuradas.


