La Semana Santa es una fiesta cristiana, pero bien puede ser aprovechada por encima de las distintas creencias, o no, para la reflexión que —por principio— debe iniciarse sobre uno mismo. La meditación proyectada en la responsabilidad social puede resultar un inspirador bálsamo para la convivencia más fraterna y próspera en el Paraguay.
Los cristianos recuerdan en estos días los últimos momentos de Cristo en la Tierra: la pasión, la muerte y la resurrección. Respetando cada profesión de fe o no, será saludable aprovecharlos para la evaluación individual extensiva dentro de un ambiente asumido como la convivencia en comunidad.
La introspección fomenta una conexión interna y, si es sobrellevada a conciencia, puede colaborar para fortalecer los lazos afectivos. Si hay capacidad de liderazgo o de influencia, puede extenderse a un análisis en el grupo que uno milita; sea la política e inclusive el gremio del tipo que fuere.
Ciertamente, la mirada interior igualmente debe tener en presente los pensamientos positivos que alimentan esa energía para el bien. A las necesidades, que nunca faltan, corresponde colocarlas en paralelo con el agradecimiento a lo que se tiene. El equilibrio es un ideal para dirigir algún crecimiento espiritual.
Está fuera de discusión que cada persona asumirá la Semana Santa como significado especial o no. Empero, la observancia sobre el propio comportamiento y actitud son desafíos que preparan al sujeto para vivir como persona renovada y abierta a confraternizar e inspirar un ambiente más humano.
La Semana Santa es entonces, para los cristianos, un tiempo de descanso en Dios, e igualmente es una ocasión propicia para el recogimiento y la vivencia en sociedad. Cada individuo es libre de hacerlo y de encaminar su criterio en el vínculo de armonía que tenga consigo mismo.
Dentro de esa libertad, la visión desde lo personal tiene que comprender que nadie está sobre el Estado de derecho ni nadie por debajo de la ley. El ejercicio por escudriñar tiene que tener la sabiduría para poseer alguna chance, posicionando las reglas en que nadie es más que otro.
Lo que resulta congruente es gestionar algún vínculo o grado de compromiso como motor de la transformación, pues saber comprender el propósito de la propia existencia es una base para el amor propio y, desde ese punto, será más factible construir algún aporte como grano de adhesión para el goce en una comunidad realmente humana.
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