Javier Vera, conocido popularmente como “Chaqueñito”, dejó en evidencia que no es el sistema de elección, el color partidario o la ideología lo que falla, es la persona. Definitivamente, el carácter, la ética y la capacidad individual son más que las reglas del juego; que toda institución partidaria está por encima de las discusiones extremas entre derecha e izquierda.
Hasta el modelo más perfecto colapsa si lo maneja alguien incompetente. Peor aún si ese ineficaz no tiene delicadeza, y es mayor el perjuicio si viene con grado de corrupción. No decimos que sea el caso, precisamente; usamos las expresiones para afirmar que el factor humano, más en la actividad política, continuará siendo crucial en pro del bien común.
En esta era de la inteligencia artificial (IA) crece con intensidad el debate sobre qué será del valor humano ante el vertiginoso auge de la tecnología. Sin embargo, las leyes no se podrán aplicar solas. Su buena ejecución dependerá, en su integridad, de la voluntad de personas reales.
“Chaqueñito” volvió a ser tendencia cuando surgió su renuncia como senador en un grupo de WhatsApp. El propio presidente del Congreso, Basilio “Bachi” Núñez, respondió que “se llenó el vaso” con él y que, si decide dimitir, no se opondrán. Lo cierto es que es costumbre que sea centro de la polémica, un estilo que fue forjando su salida del Congreso.
Entre sus constantes escándalos está la adjudicación de un departamento del Ministerio de Urbanismo, Vivienda y Hábitat (MUVH) destinado a familias de escasos recursos. Debido a la presión social, terminó renunciando al inmueble. Se había salvado anteriormente de la pérdida de investidura, pese a las acusaciones de tráfico de influencias.
Lo último fue la supuesta “sextorsión” en que aparentemente se le vinculaba con la búsqueda de menores. Es de cuidado que la política esté en poder de indebidos e inadaptados. Debe recordarse que ingresó al Senado en reemplazo de Rafael Esquivel (alias Mbururú) por el Partido Cruzada Nacional, involucrado en hechos marginales e ilícitos.
Aunque entre los legisladores hay cada extraño personaje, tampoco es supremo eso de que el sistema influye y moldea. Sin embargo, corresponde añadir que en la cultura política termina sumando su aporte dañino esa sociedad tolerante con ciertas conductas, lo que permite que personas con pocos, o nada, valores lleguen al Congreso.
La política tiene que volver a ese ideal de vocación de servicio altruista para transformar la sociedad mediante principios virtuosos. La coyuntura impone empezar a depurar el ambiente, por lo que Vera no es la imagen y la representación de un legislador probo de la República.










