Somos parte de una comunidad global. El conflicto que ocurra en algún país afecta en algo al resto. Más aún cuando se trata de una contienda bélica. Si ocurre en una zona petrolera y de paso estratégico de bienes, servicios y alimentos, su incidencia es mayor.
No constituye novedad el daño que ocasiona en una sociedad interconectada el cruce de armas. Como primera medida, repercute en la seguridad internacional, sobre todo asumiendo que aún existe el mundo que mantiene bloques ideológicos divididos (una guerra fría algo más camuflada). La otra secuela, bien inmediata, es el impacto que podría sufrir la cadena de estabilidad económica.
Lo que sucede en Irán no tiene fronteras en esta mundialización en red. Encima, la referencia es un territorio geográfico con un potencial de control sobre el estrecho de Ormuz, en el Golfo Pérsico, una de las principales rutas marítimas de exportación a través de la cual se transporta buena parte del suministro mundial de petróleo.
Ya es agenda entre los analistas de distintos continentes lo que conlleva el efecto del actual conflicto en Medio Oriente sobre precios de materias primas, mercados financieros y flujos migratorios. Lo peor, hay pronósticos reservados ante la interrupción al normal suministro e intercambio comercial sobre los productos, del que fueren.
Más que analizar las razones de la guerra abierta entre Irán, Estados Unidos e Israel, nos ocupan las repercusiones que podría tener el precio del barril de crudo. Hacer fiables proyecciones sobre el costo del petróleo será difícil. Lo cierto es que las acciones iniciadas en febrero del 2026, por ahora, parece que no tienen en el calendario un rápido final.
Por más distancia que Paraguay tenga del escenario de la contienda, ya comenzó a tener sus implicancias. Como ejemplo corresponde recordar que el pasado 7 de marzo las estaciones de servicio privadas aplicaron un reajuste al alza de entre G. 350 y G. 700 por litro.
Así como las confrontaciones causan pérdidas millonarias en los sectores de turismo y logística global, a nivel interno hay riesgo de encarecimiento de las importaciones. Todo es debido a la inestabilidad en las rutas comerciales, situación de la cual Paraguay no podrá escapar. Más que nunca, la previsibilidad se impone como política de Estado.
No buscamos la alarma, ni mucho menos, pero será razonable entender que la continuidad de los bombardeos habrá de incidir, en algún momento, en la suba del crudo a nivel internacional. Por más distancia, las consecuencias son una amenaza debido al 100% de dependencia de la importación de combustibles.
Más que nunca, entonces, hay que cuidar la macroeconomía, puesto que un aumento en el precio del diésel y las naftas hará subir los costos de producción, fletes, transporte público y, en consecuencia, generará una presión inflacionaria sobre el consumidor final. Es, por ende, un momento de mucha cautela.


