La Tribuna no podía dejar pasar este 1 de marzo para reflexionar sobre Francisco Solano López. De hecho, el feriado es para recordar su grandeza al defender la soberanía nacional hasta su muerte en la Guerra contra la Triple Alianza. Nos emociona escribir sobre él, sobre su padre y sobre el doctor Francia, defensores de la independencia, y que son parte de la riquísima historia paraguaya.
Aunque poco se habla de eso, es bueno observar que la independencia patria de 1811 nunca fue aceptada por sectores de la región americana y de Europa. Es que tras esa fecha, el Paraguay mostró autonomía, impulsando una modernidad inédita para esa época: fueron fomentadas la educación, la industria, el ferrocarril, el telégrafo, la agricultura y comenzó a organizarse mejor el ejército.
Tras la administración muy particular de José Gaspar Rodríguez de Francia (1840), con don Carlos Antonio López, primero, y con su hijo Francisco posteriormente, se evidenció aún más una visión nacionalista, tiempo en que ganó protagonismo la carrera de política exterior y hubo atención a los militares, hechos que —por su estrategia— no pasaron desapercibidos para la sociedad externa.
La era de los López abarcó desde 1844 hasta 1870. En palabras resumidas, fue el espacio caracterizado por un celo continuo de asegurar la independencia nacional para lo cual era necesario dotar de infraestructura al país. Don Carlos Antonio (1844-1862) hizo mucho esfuerzo por sostener el pleno reconocimiento de la autodeterminación tratando de romper el aislamiento, modernizando la nación con el ferrocarril, la fundición de hierro de Ybycuí y con la tenencia de astilleros propios
Francisco Solano (1862-1870) continuó la política modernizadora de su padre, pero su mandato estuvo definido por liderar al Paraguay en la defensa durante la Guerra contra la Triple Alianza. Ejerció el poder desde 1841 como cónsul antes de ser presidente. Es un legítimo héroe por su férrea resistencia en la defensa de la independencia paraguaya contra la Triple Alianza.
Nuestro diario, en sus 100 años de vida, siempre bregó por la importancia de la política de Estado. Ubicándonos en aquellos duros años, debe reconocerse la actitud que había de sostener un estilo de Estado. Ciertamente, don Carlos mantuvo su ocupación por la visión del doctor Francia de blindar la independencia. Y Francisco mantuvo el ritmo de crecimiento marcado antes por su padre.
Francisco Solano siguió las misiones marcadas por Carlos Antonio López, impulsando el desarrollo industrial, construyendo escuelas, hospitales y ampliando la red ferroviaria y del telégrafo. Obviamente, por la amenaza que nunca mermó, modernizó las fuerzas armadas y compró armamento avanzado, buscando además la autarquía y la autosuficiencia económica del país.
El 1 de marzo de 1870, con la figura de Francisco Solano López, es un símbolo de la identidad paraguaya. Imagínense el tipo de líder que se tenía: era políglota (hablaba guaraní, español, francés, inglés, portugués y latín), y su esfuerzo por insertar al Paraguay en el contexto internacional fue interrumpido por la miserable guerra liderada por los vecinos, hoy socios del Mercosur, Brasil, Argentina y Uruguay.
Recordar a López es conocer la historia. Y saber de la raza guaraní es valorar la identidad, la cultura y los sacrificios de los héroes. El ejemplo de los hombres citados, y en este caso el de Francisco Solano, se debe fomentar cada vez más. Es un deber de compromiso con el futuro de la nación que, por más globalidad que exista en este siglo XXI, no deben descuidarse la soberanía y la unidad entre paraguayos para el crecimiento y desarrollo.


