Economia

El fin del excedente eléctrico obliga a Paraguay a redefinir su matriz

Paraguay construyó durante décadas su ventaja comparativa sobre una premisa que hoy empieza a resquebrajarse: la abundancia de energía. Con una deman…

| Por La Tribuna
La diversificación de la matriz energética busca anticiparse a un escenario sin excedentes eléctricos en Paraguay.

Paraguay construyó durante décadas su ventaja comparativa sobre una premisa que hoy empieza a resquebrajarse: la abundancia de energía. Con una demanda interna en aumento y nuevas inversiones intensivas en consumo eléctrico, el país enfrenta un punto de inflexión que obliga a repensar su matriz energética y a diversificar sus fuentes antes de que el excedente deje de existir.

Durante gran parte de su historia reciente, Paraguay fue sinónimo de energía sobrante. Las grandes represas hidroeléctricas permitieron no solo abastecer al mercado interno, sino también exportar electricidad a los países vecinos, convirtiendo a la energía en uno de los pilares silenciosos de la estabilidad económica. Sin embargo, ese escenario comienza a cambiar.

Las proyecciones oficiales indican que, de mantenerse el ritmo actual de crecimiento del consumo, el país podría agotar su excedente eléctrico en un plazo de cinco a seis años. El fenómeno no responde a una crisis de generación, sino al efecto combinado de una economía que se expande, la llegada de industrias electrointensivas y una matriz altamente concentrada en la energía hidráulica.

En ese contexto se sancionó la nueva Ley de Energías Renovables, una normativa que apunta a anticiparse a un escenario hasta hace poco impensado: la posibilidad de que Paraguay debe importar electricidad para sostener su crecimiento. El objetivo central es claro: ampliar la oferta energética mediante fuentes no hidráulicas y reducir la dependencia de un solo tipo de generación.

La norma abre el juego a tecnologías como la solar, la eólica y la biomasa, habilitando contratos de largo plazo y una mayor participación del sector privado. El cambio no es menor. Hasta ahora, el sistema energético paraguayo giró casi exclusivamente en torno a la generación hidroeléctrica y al rol central del Estado como proveedor. Con la nueva ley, se busca crear condiciones para que la inversión privada complemente esa estructura.

El debate energético dejó de ser técnico para convertirse en estratégico. Sectores industriales advierten que la disponibilidad de energía será determinante para atraer nuevas inversiones y consolidar las ya existentes. En un país que se posiciona como destino para industrias regionales y globales, la seguridad energética pasa a ser tan relevante como la estabilidad macroeconómica o la seguridad jurídica.

La diversificación también tiene un impacto territorial. El impulso a la biomasa y a los biocombustibles conecta la política energética con el sector agropecuario y con economías regionales que hasta ahora no formaban parte del esquema eléctrico. La energía deja de ser solo un insumo urbano o industrial para convertirse en un factor de desarrollo más amplio, con efectos en empleo y valor agregado local.

No obstante, el desafío no se agota en la sanción de la ley. Especialistas advierten que la clave estará en la reglamentación y en la capacidad de ejecución. Sin reglas claras, plazos previsibles y estabilidad regulatoria, el interés de los inversores podría diluirse, retrasando proyectos que son urgentes para evitar un déficit energético a mediano plazo.

Otro punto sensible es la coordinación con el sistema existente. Las grandes hidroeléctricas, como Itaipú y Yacyretá, seguirán siendo el corazón de la matriz, pero ya no alcanzan por sí solas para cubrir el crecimiento proyectado. La transición no implica reemplazar la energía hidráulica, sino complementarla con nuevas fuentes que aporten flexibilidad y resiliencia.

El fin del excedente eléctrico no significa una crisis inmediata, pero sí una señal de alerta. Paraguay se encuentra ante una decisión estratégica similar a la que enfrentó cuando apostó por las grandes represas: invertir hoy para garantizar competitividad mañana. La diferencia es que ahora el tiempo juega un rol central.

Los próximos años serán determinantes para saber si el país logra anticiparse a la escasez o si, por el contrario, llega tarde a un escenario que obliga a importar energía. La nueva ley marca un punto de partida; su impacto real dependerá de la velocidad y la coherencia con que se la transforme en proyectos concretos.

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