Economia

Mbokaja, tradición que genera ingresos a productores rurales

La flor de coco, símbolo emblemático de la Navidad paraguaya, se consolida como una actividad productiva estacional que genera ingresos para pequeños…

| Por La Tribuna
La flor de coco, producida por pequeños agricultores de Caacupé, gana espacio en cada Navidad.

La flor de coco, símbolo emblemático de la Navidad paraguaya, se consolida como una actividad productiva estacional que genera ingresos para pequeños productores de la Cordillera, combinando tradición cultural, organización y crecimiento sostenido en ventas.

Cada diciembre, la flor de coco o mbokaja vuelve a ocupar un lugar central en los pesebres paraguayos. Su aroma dulce y sus espigas amarillas no solo representan una tradición profundamente arraigada, heredada de la cultura guaraní y fusionada con la fe católica, sino que hoy también sostienen una economía rural que encuentra en este producto un ingreso clave durante la temporada navideña. Incluso, su presencia quedó inmortalizada en la letra de la emblemática canción “Navidad del Paraguay”, reforzando su valor identitario.

Detrás de esta producción se encuentra la Asociación de Floricultores de la Cordillera (Aflocor), integrada por 33 productores con base en la compañía Cabañas de Caacupé, que desde hace años trabajan de manera organizada para llevar la flor de coco a ferias y mercados del país. “La flor de coco es parte de nuestra historia, es un legado de los guaraníes que seguimos manteniendo”, expresó Eliseo Rolón, miembro y tesorero de la asociación, en diálogo con La Tribuna.

Los números muestran una evolución positiva. En el 2023, la asociación comercializó 3.000 flores de coco, cifra que aumentó a 4.000 unidades en el 2024. Para este año, la expectativa es aún mayor. “Este año nos preparamos con 6.000 flores, esa es la meta”, señaló Rolón, al explicar que la demanda se concentra especialmente en las semanas previas a la Navidad.

El crecimiento se apoya en una estrategia comercial clara y accesible. “Vendemos a 10.000 guaraníes cada flor. La idea es vender barato y rápido”, explicó el productor. Los principales compradores son el consumidor final, que adquiere el mbokaja para sus hogares, y los revendedores, que lo distribuyen en distintos puntos del país. Entre los mercados más dinámicos se destacan Asunción y Ciudad del Este, además de las ferias de la Cordillera.

En términos productivos, Aflocor trabaja sobre un predio de 20 hectáreas, con alrededor de 2.666 plantas de coco. Sin embargo, solo una hectárea se destina exclusivamente a la producción de flores. “El resto es para fruta, porque es más rentable”, reconoció Rolón, al detallar cómo la producción se organiza buscando un equilibrio entre tradición y sostenibilidad económica.

La actividad cocotera en la zona tiene una larga trayectoria. Según el entrevistado, la producción de coco se desarrolla desde hace al menos 50 años, mientras que la asociación cuenta con 25 años de organización formal. Además de la flor, los productores comercializan la fruta, que es adquirida por la aceitera de Piribebuy, lo que permite generar ingresos durante el resto del año y no depender exclusivamente de la estacionalidad navideña.

La logística es otro componente clave del esquema asociativo. “Tenemos vehículo de la asociación y llevamos la producción a ferias y a Ciudad del Este”, explicó Rolón, subrayando la importancia de la organización para reducir costos y asegurar la llegada del producto a los principales centros de consumo.

Además del coco, la asociación trabaja con otros frutos nativos, como caavove’i, caraguatá, guabiyú, guavirami y guajira, todos parte del patrimonio natural del país. “Todos los nativos producimos”, resumió el productor, al destacar el potencial de estos cultivos para ampliar la oferta y fortalecer la economía rural.

En un contexto de revalorización de lo autóctono, la flor de coco se mantiene como un símbolo de sencillez y esperanza, pero también como una fuente concreta de ingresos para familias de la Cordillera. Cada diciembre, el mbokaja no solo perfuma los pesebres, sino que reafirma su lugar en la identidad cultural y en la economía de los productores rurales.

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