El 2025 cierra con señales mixtas para el agro y la agroindustria: la sequía presionó la producción de soja, pero el maíz dejó cifras históricas. Mientras tanto, la industria procesadora enfrenta precios deprimidos y reclama reglas claras para sostener la competitividad.
El 2025 quedará marcado como un año de contrastes profundos para el sector productivo paraguayo. La agricultura vivió un escenario dual: por un lado, la soja sintió con fuerza el impacto de la sequía y del calor extremo, que redujeron entre 10% y 12% el volumen cosechado; por otro, la campaña de maíz registró rendimientos superiores a lo esperado, impulsando el movimiento económico en rutas, puertos y centros logísticos del país.
Ese dinamismo fue especialmente visible en las zonas de mayor producción, donde miles de camiones acompañaron el avance de la cosecha. La recuperación del maíz permitió amortiguar el golpe climático y aportó un respiro financiero a productores y cooperativas, aunque también dejó en evidencia una limitación crítica: la infraestructura logística se encuentra al tope, incapaz de acompañar el crecimiento del volumen exportado.
Mientras tanto, la industria de procesamiento de oleaginosas vivió un año paradójico. Según datos del gremio, se alcanzaron cerca de 3 millones de toneladas procesadas hasta octubre 2,95 millones de soja, el nivel más alto de la última década y con una utilización de la capacidad instalada del 82%. Sin embargo, ese avance récord no se tradujo en mayor rentabilidad.
Los precios internacionales de los derivados de soja se mantuvieron deprimidos durante gran parte del año, lo que provocó una caída cercana al 25% en los ingresos por exportación durante el primer semestre. A esa presión se sumaron los altos costos logísticos, profundizados por la bajante de los ríos y las dificultades de navegación en el Paraná y el Paraguay, factores que erosionaron aún más los márgenes industriales.
En diálogo con nuestro diario, el presidente del gremio industrial, Raúl Valdez, sostuvo que el país enfrenta un desafío estructural que trasciende coyunturas climáticas o fluctuaciones de precios. “Necesitamos un esquema tributario más competitivo y reglas estables que premien la industrialización. Paraguay sigue dependiendo demasiado de la materia prima”, advirtió. Para el sector, avanzar hacia un modelo con mayor valor agregado es indispensable para sostener la competitividad en un contexto global cada vez más exigente.
El reclamo no es nuevo, pero toma fuerza tras un año en que producir más no significó ganar más. La industria trabaja en tres frentes estratégicos: defender la industrialización, promover el valor agregado y adaptarse a las nuevas exigencias ambientales y de trazabilidad que imponen mercados como la Unión Europea. Sin embargo, esa transición demanda previsibilidad y un entorno regulatorio firme, condiciones que, según el sector, aún no están del todo garantizadas.
El cierre del año deja así una conclusión clara: la capacidad productiva está, el conocimiento técnico también y la industria demuestra que puede procesar más que nunca. Pero sin mejoras en infraestructura, incentivos adecuados y estabilidad normativa, Paraguay seguirá dejando valor sobre la mesa.
El maíz dejó una señal alentadora sobre el potencial del campo cuando el clima acompaña y la demanda se sostiene. Ahora, el desafío para 2026 será transformar esa energía en un ciclo virtuoso que combine productividad, industrialización y competitividad real.


