Cada diciembre, la tradición del pesebre vuelve a cobrar fuerza en Paraguay. No solo como un símbolo religioso y familiar, sino como un motor económico que sostiene a cientos de artesanos que producen hasta 500 juegos por temporada.
En Paraguay, la llegada de diciembre tiene un sonido particular: el crujido del barro secándose al sol, el golpe suave de las herramientas de los artesanos y las primeras familias buscando las figuras del pesebre para renovar la tradición. Aunque el armado del nacimiento sigue siendo un acto profundamente emotivo, hoy también representa un movimiento económico creciente que beneficia a ceramistas, talladores y artesanos de distintos oficios.
En puntos tradicionales del Mercado 4, los puestos ya se llenan desde noviembre. Los consumidores llegan temprano para asegurarse variedad y precio. Un juego completo puede costar entre G. 300.000 y G. 900.000, según el tamaño, el material y el nivel de detalle. Las casitas que acompañan a la escena central rondan entre G. 30.000 y G. 80.000, aunque los vendedores advierten que los costos pueden ajustarse si se agota el stock y deben reponer mercadería en plena temporada.
Para muchos artesanos, este oficio viene de la infancia. Una vendedora recuerda que empezó a trabajar con su madre, y ahora dedica jornadas enteras, a veces de 24 horas, al armado, pintado y empaquetado de las figuras. Explica que una de las mayores exigencias del rubro es la fragilidad del producto: cada pieza debe ser retirada y guardada con extremo cuidado para evitar roturas, lo que obliga a duplicar la atención, especialmente en días de mucho movimiento.
Hogares, oficinas, bancos y comercios forman parte de la demanda. En los últimos años, las empresas se han inclinado por pesebres monocromáticos, más sobrios y decorativos, en tonos blancos, negros o dorados. Este segmento corporativo se ha convertido en una línea de venta adicional para quienes trabajan con diseños contemporáneos, sin abandonar la esencia artesanal.
Areguá, uno de los polos cerámicos más importantes del país, vive su propia temporada alta. Allí, cada figura pasa por un proceso minucioso: moldeado, secado, lijado, pintado, horneado y lacado. Las piezas grandes, de hasta 90 centímetros, pueden tardar entre 10 y 15 días en estar listas. Su precio varía desde G. 1.500.000 hasta G. 5.500.000 en casos de obras más elaboradas y detalladas.
La producción anual de algunos talleres es sorprendente. Una artesana calcula que cada temporada logra elaborar entre 400 y 500 juegos, una cifra que refleja la magnitud de un oficio que no solo preserva una tradición religiosa, sino que genera ingresos significativos en una época donde la demanda no se detiene. Muchas familias hacen reservas desde octubre para asegurarse trabajos personalizados o piezas de mayor tamaño.
Ferias y exposiciones complementan el movimiento comercial. La Expo Pesebre de Areguá reúne a cientos de visitantes en busca de piezas únicas, mientras que en Asunción proliferan los puestos temporales. Estas ferias permiten a los artesanos ofrecer productos hechos a mano que contrastan con la decoración importada que domina el mercado masivo. Para muchos, diciembre representa el mes donde se concentran la mayor parte de sus ingresos del año.
Más allá de la compra y venta, el armado del pesebre mantiene intacto su valor simbólico. Cada figura, cada casita y cada luz que se enciende revive una tradición que atraviesa generaciones. Lo que antes se hacía en familia, hoy también lo hacen empresas, instituciones y comercios que buscan mantener viva la identidad cultural del país durante las fiestas.
Así, el pesebre paraguayo se reinventa: permanece fiel a sus raíces, pero se adapta al gusto y a la demanda de un público más amplio. Y en ese equilibrio, los artesanos encuentran una oportunidad para crecer, sostenerse y seguir transmitiendo un legado que combina espiritualidad, creatividad y trabajo.


