Economia

El desafío de coordinar mejor las decisiones fiscal-monetarias

Por: Daniel Correa (*)

| Por La Tribuna-
Los ajustes necesarios para fortalecer la gestión estatal

En un reciente artículo publicado por un medio colega y en redes sociales, el autor ofrece una crítica interesante sobre la conducción de la política monetaria y cambiaria en Paraguay durante el año 2025. Si bien se reconocen aciertos del Banco Central en cuanto al control de la inflación, se plantea una preocupación válida: la posibilidad de que este logro se haya obtenido a costa de distorsiones en el mercado monetario. Sin embargo, para que un análisis de esta dimensión sea equilibrado y útil para el debate económico, conviene precisar y contextualizar algunos puntos clave.

En el artículo se sugiere que el BCP utilizó el tipo de cambio como instrumento principal, desplazando la Tasa de Política Monetaria (TPM) de su rol central. Esta afirmación requiere de mayor evidencia empírica.

Las intervenciones cambiarias —si bien fueron frecuentes durante este año— no alcanzaron niveles extraordinarios respecto a años de alta volatilidad (como los registrados en el 2020 o 2022). Además, el propio régimen de metas de inflación permite intervenciones cambiarias en función de evitar desórdenes transitorios, lo que no necesariamente implica un abandono del esquema.

Tampoco se evidencia una apreciación real significativa del guaraní que justifique la alarma (1,2% en promedio versus el 2024). Ahora, si miramos en los últimos 3 meses sí la apreciación con respecto al año pasado empezaría a ser objeto de análisis más detallado. Como el tipo de cambio se ha comportado de manera bajista luego de un primer semestre de una fuerte presión al alza, su tendencia actual podría estar basándose en ciertos fundamentos como entradas de capital, endeudamiento externo, menor posicionamiento en dólares, remesas, etc., en exclusiva manipulación activa del mercado cambiario. Tampoco debemos soslayar el contexto externo y en especial lo relacionado con el escenario bajista de la moneda principalmente en Brasil.

Otro punto importante para analizar es la afirmación de que la Tasa de Política Monetaria (TPM) perdió fuerza como señal. Aunque es cierto que las tasas activas han subido en parte por escasez de liquidez, la tasa de referencia aún cumple su rol en la formación de expectativas.

No ha habido un desanclaje generalizado del sistema de tasas, ni se han observado aumentos abruptos fuera de línea con el entorno regional o global, sino miremos lo ocurrido con las TPM y las tasas activas del mercado financiero entre finales del 2021 e inicios del 2023.

Además, en el actual contexto global —donde bancos centrales han mantenido tasas altas por más tiempo— la prudencia del BCP al no recortar agresivamente la TPM es consistente con su nuevo objetivo de inflación más bajo (3,5%), cuestión que incluso podría ser objeto de debate.

El artículo también responsabiliza al BCP por el deterioro de la liquidez del sistema bancario. No obstante, esto debe matizarse. En 2025, el crecimiento del crédito en moneda nacional (20%) ha superado ampliamente el de los depósitos (10%). Ojo, esto sí requiere de otro debate sobre su sostenibilidad en el sistema financiero, pero nos ocuparemos en otra edición. Este desbalance no es consecuencia directa de la política monetaria, sino de una decisión del sistema bancario de expandir su cartera crediticia sin una fuente equivalente de fondeo. De hecho, habría que revisar los niveles de spread que se han dado en estos últimos años y veremos que inclusive en la pospandemia los niveles de “normalización” del mercado monetario estuvieron más altos en lo que se refiere a los spreads bancarios.

El BCP ha emitido señales claras en sus informes de política monetaria y estabilidad financiera sobre los riesgos de este descalce. Por tanto, más que una falla del Banco Central, estamos frente a una vulnerabilidad originada en decisiones microeconómicas de intermediación, aunque quizás debamos coincidir en que una acción más activa del BCP podría haber amortiguado la incertidumbre de los meses anteriores.

Un hecho relevante que debería ser considerado  también es la escasa atención a la política fiscal. El retraso en los pagos del Tesoro a sectores estratégicos (constructoras, farmacéuticas y otros proveedores) no es menor. Este es un factor que también podría debilitar la eficacia de la TPM y afecta la liquidez en el sistema. La dinámica económica posiblemente requiera de mayor combustible. La coordinación entre el MEF y el BCP es clave para evitar que la política fiscal neutralice o distorsione los objetivos monetarios, algo que el artículo menciona de forma tangencial.

No existe una política monetaria perfecta. Pero también es cierto que no debemos confundir objetivos e instrumentos. El equilibrio entre objetivos de inflación, estabilidad financiera y el tipo de cambio es dinámico. En 2025, el BCP parece haber optado por una estrategia pragmática (no tan dogmática), sacrificando cierto grado de pureza del esquema de metas de inflación, pero preservando el objetivo prioritario: la estabilidad de precios.

La conversación sobre los costos potenciales de esta decisión es legítima y nos ayudará a afinar aún más la coordinación macroeconómica, ya que tiene profundos impactos en la micro. Pero para avanzar se necesita una revisión más cuantitativa, más contextualizada, y que no omita la responsabilidad compartida del sistema financiero y la política fiscal.

Por lo menos, así lo veo yo.

Daniel Correa. Economista y director de DCR Consultora. Profesor universitario.

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