En el kilómetro 253 de la ruta 1, en Santa Rosa, Misiones, una historia silenciosa comenzó hace quince años y hoy florece entre hileras de arándanos, frambuesas, moras e higos. Su protagonista es Acela Falcón Orrego, una mujer que, guiada por la curiosidad y el deseo de experimentar, decidió apostar por cultivos poco comunes para la agricultura paraguaya. Sin proponérselo, terminó abriendo un camino que demuestra que los frutos rojos también tienen su lugar en el sur del país.
Acela recuerda con claridad el primer paso, trajo unos plantines pequeños desde Buenos Aires, sin certezas técnicas y con muchos desafíos por delante. En ese entonces, hablar de arándanos en Paraguay sonaba extraño. Sin embargo, la intuición le decía que valía la pena probar. Plantó, observó, corrigió y volvió a intentar, hasta comprobar que el cultivo podía adaptarse a su tierra y a la pureza del agua que tiene en su propiedad. Ese equilibrio natural se convirtió en su mayor fortaleza.
El tiempo consolidó lo que comenzó como un ensayo. Cuando debió trasladar setecientas plantas de un terreno a otro, temió que el cambio afectara la producción, pero ocurrió lo contrario, el 95% sobrevivió y siguió rindiendo con normalidad. Ese episodio marcó un antes y un después en su confianza y en su convicción de que estos cultivos pueden desarrollarse en Paraguay, siempre que se respeten las necesidades básicas de la planta.
Hoy, a sus 73 años, Acela mantiene un predio de cuatro hectáreas donde conviven tres variedades de frambuesas, extensiones de moras e higos que este año prometen una buena temporada y sus tradicionales arándanos. La cosecha es completamente manual, porque se trata de frutas delicadas que exigen precisión y cuidado. Ocho colaboradores la acompañan en la cosecha y en las labores de mantenimiento. Entre ellos hay mujeres que llevan décadas formando parte de su equipo, además de jóvenes formados en la Facultad de Agronomía de Santa Rosa.
Este año logró una cosecha cercana a los 500 kilos de arándanos, además de un volumen sorprendente de moras que incluso superó su capacidad de recolección. Nada se hace con agroquímicos. La producción se mantiene artesanal, con métodos que priorizan la sanidad natural de la planta y el respeto por el ciclo de cada fruto.
Aunque su historia podría empujarla hacia una expansión comercial, Acela prefiere mantener un modelo sencillo. No tiene redes sociales ni un local abierto al público. Sus clientes la buscan porque saben de su trabajo, porque escucharon hablar de la calidad de sus frutos y porque aprecian el valor de una producción que conserva su esencia familiar. Muchos restaurantes de Asunción recurren a ella para abastecerse, y el resto de las ventas surge del boca en boca, una modalidad que fortalece la confianza y la relación directa con quienes consumen sus productos.
Cada noviembre organiza la “Cosecha de frutos rojos”, un encuentro que reúne a jardineras, cocineros y visitantes que desean conocer de cerca su experiencia. Ese evento, más que una celebración, se convirtió en un espacio donde se comparte conocimiento y se reafirma el potencial del rubro en Paraguay.
Lejos de buscar protagonismo, Acela habla con sencillez y asegura que su objetivo no es convertirse en una gran productora ni pensar en exportaciones. Lo suyo, dice, es un modo de vida. Aun así, su nombre ya resuena como una referencia entre quienes apuestan a la diversificación agrícola. Su cabaña en Misiones demuestra que la innovación no siempre nace de grandes inversiones, sino de la paciencia, la curiosidad y la voluntad de hacer las cosas con esmero.
En un país donde los frutos rojos todavía son una rareza, la experiencia de Acela se levanta como una señal de posibilidad. Su trabajo, constante y silencioso, dejó una marca en la fruticultura misionera. No necesitó grandes equipamientos ni campañas de promoción. Le bastó la convicción de que la tierra podía dar más. Y lo dio.


