La economía latinoamericana atraviesa un momento de contrastes. A pesar de haber sorteado mejor de lo esperado los shocks globales de los últimos años, el crecimiento sigue siendo bajo y la productividad, su talón de Aquiles. Así lo refleja el reciente Informe de Perspectivas Económicas para las Américas (REO-Américas) del Fondo Monetario Internacional (FMI), presentado en el Banco Central del Paraguay (BCP), donde se analizó el rumbo económico regional y los desafíos que marcarán la próxima década.
Durante la presentación, el presidente del BCP, Carlos Carvallo Spalding, destacó la estabilidad macroeconómica que mantiene Paraguay, con una inflación controlada y una política monetaria firme. Sin embargo, el documento del FMI advierte que, si bien la región ha demostrado capacidad de resistencia frente a un entorno internacional volátil, enfrenta profundas limitaciones estructurales que frenan su desarrollo sostenido.
Uno de los principales obstáculos identificados por el Fondo es la baja productividad, una debilidad que atraviesa tanto a economías grandes como pequeñas del continente. Según el economista del FMI, Nils Lehr, el rezago productivo responde a una asignación ineficiente de recursos, regulaciones rígidas, mercados poco competitivos y escasa innovación tecnológica. En consecuencia, el crecimiento promedio de la región se mantiene por debajo del 2,5%, muy lejos del ritmo que se necesita para reducir la pobreza y cerrar brechas con economías avanzadas.
La otra gran preocupación tiene que ver con la sostenibilidad fiscal. La economista del FMI Agnese Carella subrayó que, aunque la inflación logró estabilizarse en la mayoría de los países gracias a marcos monetarios más sólidos, las finanzas públicas siguen bajo presión. La región carga con niveles de endeudamiento elevados y déficits persistentes que amenazan con erosionar la credibilidad de las políticas económicas. “La estabilidad de precios ya no basta; se requiere avanzar hacia una consolidación fiscal sostenible”, enfatizó.
En este contexto, Paraguay aparece como un caso alentador. Según el jefe de la División de Estudios Regionales del FMI, Rodrigo Vesperoni, el país muestra un desempeño mejor que el promedio regional, con un crecimiento proyectado superior al 3% y una inflación controlada, estimada en torno al 3,5% para el 2026. Este equilibrio, sin embargo, no garantiza inmunidad frente a los cambios del entorno global, marcado por tasas de interés más altas, menor demanda externa y condiciones financieras más restrictivas.
El informe plantea tres ejes de acción que deberían guiar a las economías latinoamericanas: fortalecer la resiliencia frente a choques externos, impulsar la productividad empresarial y mantener una disciplina fiscal que garantice estabilidad a largo plazo. Estas metas, aunque ambiciosas, son vistas como indispensables para sostener el crecimiento y evitar que los avances de la última década se diluyan ante nuevas turbulencias.
Para Paraguay, el documento del FMI actúa como una advertencia y una oportunidad. Por un lado, confirma que el país ha sabido mantener su estabilidad incluso en años de incertidumbre. Por otro, invita a aprovechar ese capital de confianza para dar el siguiente paso: diversificar la economía más allá del agro y la energía, potenciar la innovación empresarial y atraer inversiones de largo plazo que generen valor agregado.
El desafío es transformar la resiliencia en progreso tangible. Eso implica modernizar la estructura productiva, mejorar el acceso al financiamiento para las pequeñas y medianas empresas, y reducir las trabas que limitan la competitividad. También exige políticas sociales que acompañen el crecimiento con inclusión, asegurando que el desarrollo no quede restringido a pocos sectores.
En palabras de uno de los expositores del FMI, “América Latina ha aprendido a resistir, pero todavía le cuesta avanzar”. La frase resume el espíritu del informe y el desafío que enfrenta la región: pasar de la supervivencia económica a la expansión sostenida. Paraguay tiene las condiciones para hacerlo, siempre que mantenga el rumbo y se anime a innovar.
El mensaje final es claro: la estabilidad no debe ser un punto de llegada, sino el punto de partida para construir una economía más productiva, competitiva e inclusiva.










