Economia

Informalidad laboral sigue alta y limita el desarrollo

El informe del Banco Mundial señala que América Latina mantiene un crecimiento económico moderado, pero la falta de empleos formales y productivos li…

| Por La Tribuna-

El informe del Banco Mundial señala que América Latina mantiene un crecimiento económico moderado, pero la falta de empleos formales y productivos limita el desarrollo inclusivo y la movilidad social en la región.

América Latina y el Caribe avanzan con una economía que se recupera lentamente, pero sin lograr que ese impulso se traduzca en oportunidades laborales sostenibles. Según un análisis del Banco Mundial, el crecimiento de la región rondará el 2,3% en el 2025 y el 2,5% en el 2026, cifras que reflejan estabilidad, pero también una preocupante falta de dinamismo en el mercado de trabajo.

El organismo advierte que, más allá de las estadísticas, el empleo sigue siendo el verdadero motor que puede encender el desarrollo inclusivo. En otras palabras, sin trabajos formales, productivos y con ingresos dignos, la región difícilmente podrá romper el círculo de desigualdad que la caracteriza desde hace décadas. “Crear empleo no es suficiente, hay que crear empleo de calidad”, subraya el informe, que pone el foco en la urgencia de vincular crecimiento, inversión y capital humano.

Durante la última década, la expansión del empleo se concentró principalmente en sectores de baja productividad —como el comercio informal o los servicios básicos—, lo que explica por qué millones de trabajadores continúan sin acceso a protección social ni posibilidades de mejorar sus ingresos. La informalidad laboral afecta a más de la mitad de los ocupados en la región, un dato que revela una estructura económica aún débil y vulnerable a las crisis.

El Banco Mundial señala que América Latina necesita convertirse en una “potencia global del empleo”, y para ello debe apostar por políticas que incentiven la inversión privada, la innovación tecnológica y la formación de su fuerza laboral. Sin estos tres pilares, el empleo seguirá siendo un subproducto del crecimiento, no su motor.

La región enfrenta también profundas brechas estructurales. La participación laboral femenina se ha estancado en torno al 68%, mientras que los jóvenes encuentran enormes barreras para insertarse en el mercado formal. Las desigualdades territoriales agravan el panorama: los empleos de mayor calidad se concentran en pocas zonas urbanas, dejando amplias regiones rurales atrapadas en actividades de subsistencia.

El desafío, según el informe, no radica solo en generar puestos de trabajo, sino en propiciar empleos que eleven la productividad general. Eso implica fomentar sectores capaces de absorber mano de obra diversa y generar valor agregado, desde la agroindustria hasta las manufacturas tecnológicas y los servicios basados en conocimiento.

Para lograrlo, el Banco Mundial propone un enfoque integral: combinar estabilidad macroeconómica con políticas activas de empleo, fortalecer la educación técnica y profesional, y reducir las barreras regulatorias que dificultan la formalización. “La inversión es el combustible, la productividad es el motor y el capital humano es el conductor”, resume el estudio, que plantea una hoja de ruta hacia un crecimiento más equitativo.

Paraguay, en particular, aparece en una posición de oportunidad. Su estructura económica, anclada en el agro y con un sector industrial en expansión, puede ser terreno fértil para una estrategia de empleo sostenible. Las iniciativas de diversificación productiva, el impulso a las mipymes y la digitalización de servicios son claves para generar trabajos con proyección, especialmente entre jóvenes y mujeres.

Sin embargo, los especialistas advierten que el ritmo de crecimiento actual no bastará si no se acompaña de un marco institucional que premie la formalización y la capacitación continua. De lo contrario, el país —al igual que buena parte de la región— corre el riesgo de crecer sin progreso real para su gente.

La creación de empleo de calidad es, en definitiva, la pieza que puede transformar el crecimiento económico en desarrollo humano. Y esa transformación exige una mirada estratégica: políticas que integren inversión, educación y equidad como ejes de un mismo modelo. Solo así el trabajo podrá recuperar su valor como motor de movilidad social y bienestar colectivo.

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