El país enfrenta desafíos estructurales como infraestructura limitada y falta de financiamiento industrial. Nuevas inversiones buscan fortalecer la capacitación laboral y consolidar sectores con potencial internacional.
Paraguay vive un punto de inflexión en su desarrollo económico. Con una estructura históricamente dependiente del sector primario, el país se enfrenta al reto de transformar su base productiva y fortalecer su industria. Las oportunidades existen, pero también los desafíos estructurales. El Ministerio de Industria y Comercio (MIC) impulsa una hoja de ruta que busca dar ese salto, apostando por una industria más diversificada, sostenible y competitiva a nivel regional.
El viceministro de Industria, Marco Riquelme, destacó que el régimen de maquila se ha convertido en uno de los motores más dinámicos del aparato industrial. En el 2024 las exportaciones del sector se acercaron a los USD 1.000 millones, una cifra récord que demuestra la capacidad de Paraguay para insertarse en cadenas globales de producción. Este avance —dijo— fue determinante para que el país alcanzara el grado de inversión, una señal de confianza de los mercados internacionales.
El modelo paraguayo ofrece ventajas claras: energía limpia y barata, estabilidad macroeconómica y mano de obra competitiva, factores que atraen a empresas extranjeras interesadas en establecer operaciones en el país. Sin embargo, los desafíos no son menores. La falta de infraestructura logística, la limitada disponibilidad de financiamiento industrial y la necesidad de capacitar más recursos humanos calificados figuran entre los principales obstáculos.
Uno de los sectores con mayor potencial es la industria automotriz, que busca integrarse a las cadenas productivas de Brasil y Argentina. Paraguay pretende posicionarse como un eslabón complementario dentro del Mercosur, aportando valor en componentes y ensamblajes. En ese marco, el MIC anunció la instalación de una planta de buses eléctricos de origen taiwanés, un proyecto que simboliza el cambio de paradigma: apostar por tecnología, innovación y sostenibilidad.
“Paraguay no quiere competir con los grandes, sino complementarlos. Queremos ser parte de una cadena de valor regional sólida y equilibrada”, explicó Riquelme. Esta visión apunta a que el país deje de ser solo exportador de materias primas para transformarse en un productor de bienes con mayor contenido tecnológico.
Más allá del rubro automotriz, la estrategia de diversificación incluye sectores como el forestal y el cárnico, ambos con fuerte proyección internacional. En el primero, se proyecta un salto significativo: el objetivo es alcanzar USD 700 millones en exportaciones en los próximos diez años, mediante inversiones en plantas industriales y aprovechamiento sostenible de los recursos forestales.
En el segundo, la carne paraguaya mantiene su liderazgo en la región. Actualmente, el país exporta cerca del 80% de su producción, y sigue abriendo mercados exigentes. El acuerdo con Taiwán, que eliminó los aranceles para la carne porcina, representa un paso estratégico para consolidar la presencia paraguaya en Asia. También se trabaja en fortalecer los estándares sanitarios y la trazabilidad, aspectos que refuerzan la imagen de Paraguay como proveedor confiable de alimentos.
El MIC insiste en que el desarrollo industrial no puede depender solo de la iniciativa privada. Se requiere un Estado articulador, capaz de crear condiciones para la inversión y fomentar la competitividad. Entre las prioridades se destacan la modernización del Banco Nacional de Fomento, para canalizar más crédito productivo; la simplificación de trámites que hoy retrasan proyectos, y una mayor inversión en infraestructura que conecte los polos industriales con los mercados de exportación.
Riquelme sostiene que el objetivo es ambicioso pero alcanzable: duplicar el tamaño de la economía paraguaya en una década. Para ello, el país deberá sostener un crecimiento basado en la innovación, la integración regional y la capacitación de su fuerza laboral. “El desarrollo industrial es una tarea de todos, no de un solo sector”, afirmó.
La transición hacia una economía más industrializada no será inmediata. Implica romper inercias, asumir riesgos y construir alianzas. Pero también representa una oportunidad histórica. Cada planta que se instala, cada cadena de valor que se consolida, y cada acuerdo que se firma, acerca al país a un modelo más equilibrado y moderno.
Paraguay tiene los recursos, la energía y la ubicación estratégica para hacerlo. Falta mantener la coherencia de las políticas y acelerar la ejecución de los proyectos. Si la industria logra consolidarse como un verdadero motor, el país no solo generará empleo y riqueza: también construirá soberanía económica.


