Hugo “El Pollo” Carvajal escribe desde una celda federal en Estados Unidos, pero lo que pone sobre el papel apunta mucho más lejos que los barrotes que lo rodean. En una carta dirigida a Donald Trump y “al pueblo de los Estados Unidos”, el que fuera jefe de Inteligencia Militar de Hugo Chávez se presenta como lo que es hoy: un general retirado, convicto por conspiración narcoterrorista, que decidió “expiar sus pecados contando toda la verdad”.
La carta no es un arrebato de conciencia ni un manifiesto político. Es, en lenguaje legal norteamericano, un proffer: una propuesta de cooperación. Carvajal ya se declaró culpable; ahora ofrece información detallada a fiscales y agencias de seguridad a cambio de una reducción de su condena. Su abogado, un exfiscal del Departamento de Justicia, sabe que cada dato debe ser verificable. Si miente, pierde el trato. Por eso el documento no es un simple mea culpa: es un resumen cuidadosamente editado de lo que está entregando a las autoridades. Y es en este punto donde ingresan en escena políticos y referentes de la oposición, que habrían recibido miles de dólares durante las elecciones del presidente Fernando Lugo y luego en otras campañas más, hasta el momento la actual senadora Esperanza Martinez, compañera política y exministra de Salud de Lugo, se niega a dar declaraciones al respecto.
El relato empieza con una confesión demoledora: el régimen venezolano habría dejado de ser un gobierno para convertirse en una organización criminal transnacional. Según Carvajal, el llamado Cartel de los Soles –integrado por altos mandos militares y políticos– no solo toleró el narcotráfico, sino que diseñó una estrategia para inundar de drogas el mercado estadounidense. No fue corrupción aislada ni iniciativa de narcos independientes, insiste, sino una política deliberada sugerida por La Habana y ejecutada con apoyo de las FARC, el ELN, agentes cubanos e incluso Hezbollah.
El segundo capítulo de la carta se dedica al Tren de Aragua. Carvajal asegura que estuvo presente cuando se tomó la decisión de organizar bandas criminales para “proteger la revolución”. Líderes de cárceles y barrios serían usados como fuerza de choque a cambio de impunidad. Con Maduro, el plan se habría ampliado: exportar esa criminalidad, sacar miles de delincuentes del país y utilizarlos como herramienta de presión y desestabilización en otros Estados. Según el exgeneral, la política migratoria de Biden-Harris fue aprovechada para infiltrar grupos obedientes y armados en territorio estadounidense, con la instrucción de financiarse mediante secuestros, extorsiones y asesinatos.
La tercera pieza es el espionaje. Carvajal describe reuniones con servicios de inteligencia rusos interesados en intervenir cables submarinos que conectan América Latina con Estados Unidos para penetrar comunicaciones gubernamentales. Relata dos décadas de envío de espías venezolanos, algunos disfrazados de opositores, otros insertados en comunidades de exiliados, alrededor de bases militares y nodos estratégicos. Incluso afirma que ciertos diplomáticos y agentes estadounidenses habrían sido cooptados para favorecer al chavismo y actuar como informantes de Cuba y Venezuela.
El cuarto eje de la carta es el que abre un frente totalmente distinto: las elecciones. Carvajal asegura que Smartmatic nació como herramienta electoral del chavismo, que él mismo colocó a un operador de confianza al frente del sistema informático del Consejo Nacional Electoral y que la plataforma puede ser alterada. Sostiene que esa tecnología fue luego exportada a otros países –incluidos algunos procesos en Estados Unidos– y que las elecciones pueden “ser amañadas mediante el software” y ya se habría hecho. No presenta pruebas públicas, pero se compromete a entregarlas a las autoridades norteamericanas.
El mensaje de fondo es claro: para Carvajal, Venezuela no es solo un país hostil, es un Estado narcoterrorista en guerra abierta contra Estados Unidos y el hemisferio. Las armas de esa guerra, según él, son la cocaína, las pandillas como el Tren de Aragua, las redes de espionaje tejidas con ayuda rusa y cubana, y la manipulación tecnológica de procesos electorales. “Estados Unidos está en guerra y no lo sabe”, advierte, mientras respalda expresamente la política de máxima presión de Trump contra Maduro.
La carta llega en un momento en que Washington discute cómo responder a la expansión del crimen organizado transnacional y al avance de regímenes aliados con Rusia e Irán en el Caribe. Si los fiscales consideran creíbles las revelaciones de Carvajal, su testimonio puede convertirse en pieza central para justificar sanciones más duras, operaciones encubiertas y, en el extremo, acciones militares contra estructuras vinculadas al chavismo.
Pero las ondas expansivas no se detienen en la Casa Blanca. Las acusaciones sobre Smartmatic, sobre la exportación del Tren de Aragua y sobre el financiamiento a aliados políticos en Paraguay y en otros países tocan directamente debates abiertos en América Latina: seguridad, migración y, sobre todo, la integridad de las elecciones. Lo que Carvajal describe no es solo un esquema venezolano, sino un modelo que habría sido replicado con socios locales en distintos países.
En las próximas entregas analizaremos dos de las piezas más sensibles de este rompecabezas: el papel de Smartmatic y del Consorcio Paraguay Democrático, así como sus aliados políticos en los intentos por controlar el voto electrónico en Paraguay, y las conexiones que, según “El Pollo”, habrían servido de puente entre el chavismo y actores locales. Porque, si lo que dice este antiguo jefe de inteligencia es cierto, el campo de batalla ya no está solo en las fronteras ni en las rutas de la droga, sino también en las urnas.


