Optimizar el tiempo: menos velocidad y más intensidad para mejorar la vida

Si sentís que tu vida corre en “cámara rápida”, no estás solo. En su serie “Futuro en construcción”, el emprendedor y tecnólogo argentino Santiago Bi…

| Por La Tribuna
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Si sentís que tu vida corre en “cámara rápida”, no estás solo. En su serie “Futuro en construcción”, el emprendedor y tecnólogo argentino Santiago Bilinkis toma el tema del tiempo como problema central de la vida contemporánea: la sensación de vivir “a mil” y de no llegar jamás. Su tesis es tan simple como disruptiva: no nos falta tiempo; nos sobra velocidad mal administrada. Y la tecnología —esa misma que prometió liberarnos— muchas veces se convierte en el combustible del acelere.

Bilinkis arranca con un viaje histórico. Durante siglos, el sol, el hambre o el sueño marcaban el ritmo del día. La revolución industrial cambió el reloj biológico por el reloj de fichar: “time is money”. Desde entonces, gran parte de nuestras horas ya no nos pertenecen, las vendemos. En América Latina, dos de cada tres personas trabajan en relación de dependencia —formal o informal—, y en apenas una generación normalizamos una vida mucho más acelerada que la de nuestros padres. La cultura de consumo cerró el círculo: queremos más, producimos más, corremos más. Hoy trabajamos unas 200 horas más al año que en 1970.

Ese apuro se volvió, además, marca de estatus. Bilinkis cita investigaciones que muestran cómo “estar hasta las manos” reemplazó al “estoy de vacaciones” como nueva credencial de éxito. Caminamos rápido, comemos apurados, tocamos bocina para arañar minutos. Un estudio del MIT comparó videos urbanos entre 1980 y el 2010 y halló que la velocidad al caminar aumentó 15%, y que la gente pasa 14% menos tiempo deteniéndose a conversar. Las ciudades nos empujan a la prisa y, al mismo tiempo, nos ofrecen oportunidades que parecen exigirla.

Pero el cuerpo cobra la factura. El estrés —esa respuesta evolutiva brillante para peligros puntuales— hoy se activa ante embotellamientos, mails sin respuesta o cuentas por pagar. La OMS lo llama “la epidemia del siglo XXI”: 9 de cada 10 personas lo padecieron el último año y casi la mitad lo sufre de forma constante. El estrés crónico eleva el riesgo cardiovascular en torno al 40%, deteriora el sistema inmunológico y abre la puerta a ansiedad, insomnio y depresión. Peor aún: la prisa nos deshumaniza. Experimentos clásicos muestran que el apurado ayuda menos, no por maldad, sino porque la velocidad anestesia la empatía.

La paradoja tecnológica agrava el cuadro. En las últimas cuatro décadas, computadoras, internet y smartphones comprimieron tareas de horas a minutos. ¿Resultado? En vez de trabajar menos, trabajamos más. La frontera entre trabajo y vida personal se desdibujó: respondemos mensajes de noche, correos en sábado, WhatsApp en el semáforo. Crece la “pseudoproductividad”: actividad visible —más mails, más reuniones, más reportes— que no mueve la aguja. Stanford demostró que, pasada la semana de 55 horas, cada hora adicional ya no aporta. Y el multitasking —esa costumbre de saltar entre pestañas, notificaciones y llamados— puede reducir la productividad hasta 40% y generar un “bajón cognitivo” equivalente a perder alrededor de 10 puntos de CI momentáneo.

¿Qué hacer? Bilinkis propone distinguir velocidad de intensidad. No se trata de hacer más cosas, sino de estar más en cada cosa. La ciencia lo respalda: la ley de Yerkes-Dodson describe una “zona óptima” de activación donde rendimos mejor; por encima de ese umbral, la presión bloquea la mente y agota el cuerpo. Su metáfora vial lo ilustra: manejar a 130 km/h, tensos y a los bocinazos, versus ir a ritmo prudente escuchando música. En 30 kilómetros, la diferencia real es de apenas cuatro minutos. Dedicamos la vida a pelear por esos cuatro minutos, pagando con enojo, riesgo y estrés.

La invitación es práctica, no naïf. Seis gestos cotidianos pueden torcer el rumbo: siestas cortas (power naps) que mejoran rendimiento y reducen errores; comer sin apuro para “resetear” la mente; respirar profundo por dos minutos para activar el sistema parasimpático; caminar 20 minutos para bajar el cortisol; reinstalar límites horarios al trabajo salvo emergencias; y desenchufar: celular fuera de la mesa y de la cama, fines de semana con menos pantalla y más presencia.

Como tecnólogo, Bilinkis suma una idea clave: usar la tecnología para proteger el tiempo, no para perforarlo. Modo “no molestar” y perfiles de concentración; silenciar notificaciones por defecto y encender solo las críticas; bandeja de correo pausada y envío programado; reuniones por bloques con agenda y fin claros; documentos colaborativos asíncronos que reemplacen “calls” innecesarios; calendarios compartidos con “deep work” no negociable. Y, sí, inteligencia artificial para automatizar lo repetitivo, pero con un pacto explícito: el tiempo ahorrado no se rellena con más pendientes; se invierte en descanso, aprendizaje y vínculos.

En el tramo final, Bilinkis aborda la “pobreza de tiempo”: aun superado el umbral material de las necesidades básicas, millones viven con la angustia de “demasiadas cosas por hacer y muy poco tiempo para hacerlas”. El dinero, a partir de cierto punto, no la resuelve; incluso puede agravarla. La salida, sugiere, es “comprar” tiempo propio: renunciar a consumos que solo financian más horas vendidas y redirigir recursos a recuperar control de la agenda.

Reclamar el control del botón de pausa no es un lujo ni un capricho. Es una estrategia de alto rendimiento y, sobre todo, de humanidad. En un mundo que nos empuja a ir cada día más rápido, la ventaja competitiva —y vital— pasa por elegir con intención cuándo frenar, cómo enfocarnos y dónde poner la intensidad. Porque yendo un poco más despacio, no solo la vamos a pasar mejor en el camino: también, paradójicamente, vamos a llegar más lejos.

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