Cuando la asistencia deja de ser caridad y es derecho

Al amanecer, cuando la casa todavía huele a cocido y pan de ayer, Marta abre su billetera y mira la tarjeta del banco como quien mira una llave. No e…

| Por La Tribuna-
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Al amanecer, cuando la casa todavía huele a cocido y pan de ayer, Marta abre su billetera y mira la tarjeta del banco como quien mira una llave. No es solo plástico: es la certeza de que hoy su hija llegará a clases con uniforme limpio, que el pequeño tendrá vacunas al día, que el arroz no faltará a fin de mes. Eso es Tekoporã, el hilo que cose, con paciencia y condiciones, los días difíciles de miles de familias paraguayas.

Veinte años después de su nacimiento, Tekoporã dejó de ser un “plan” para convertirse en un pacto cotidiano: el Estado transfiere un ingreso y la familia cumple corresponsabilidades en salud y educación. Ese pacto ganó columna vertebral con la Ley 4.087 —que regula las transferencias monetarias condicionadas— y con la elevación de la entonces SAS al rango de Ministerio de Desarrollo Social (MDS) en 2018, lo que dio estabilidad y mando claro a la política social.

Con el tiempo, la operación cambió de forma, no de propósito. En 2023, el Gobierno relanzó el programa como Tekoporã Mbarete y subió 25 % el monto, un gesto que, para hogares que cuentan monedas, equivale a aire nuevo. La medida reconocía la pérdida de poder adquisitivo y buscaba que “haya dinero en el bolsillo” cuando más se necesita.

El otro cambio se sintió en las filas —o en su ausencia—: desde enero de 2024, el 91 % de las y los participantes empezó a cobrar mensualmente por red bancaria. Para Marta significó no perder una jornada de trabajo; para su hija, no faltar a clase el día de “cobro”; para el abuelo, ya sin fuerzas para largas esperas, significó dignidad. La mensualización ordena el presupuesto del hogar y reduce costos de traslado. Falta llegar al último 9 %, pero la dirección es la correcta.

La magnitud también conmueve: el MDS reportó 200.078 familias protegidas —alrededor de 574.000 personas—, cifra que el propio ministerio proyectó sostener en 2025. Detrás del número hay calendarios de pago, acompañamiento sociofamiliar y ese recordatorio íntimo de que la pobreza no es solo ingreso: es tiempo, trayectos, miedos.

Tekoporã también aprendió a caminar con otros. Desde 2021, Paraguay instaló el Sistema de Protección Social ¡Vamos! como política prioritaria para articular prestaciones a lo largo del ciclo de vida. Cuando la transferencia conversa con el puesto de salud, con la escuela, con Tenonderã y con programas de alimentación escolar, el puente se vuelve carretera. La articulación no es burocracia: es la diferencia entre un derecho en el papel y un derecho vivido en el barrio.

¿Funciona? La evidencia dice que sí. En su balance por los 20 años del programa, el INE destacó contribuciones de Tekoporã a la reducción de la pobreza y a la mejora de la protección social. Y organismos internacionales llevan más de una década registrando efectos positivos en consumo, controles de salud y asistencia escolar, que se traducen en capital humano para las próximas generaciones. Que un niño complete el esquema de vacunas o que una adolescente no abandone el colegio por falta de pasaje es, en el mediano plazo, desarrollo puro.

Aun así, el desafío no termina en el cajero. La pregunta incómoda —y necesaria— es si el monto alcanza frente al costo de la canasta en cada territorio, si la bancarización llega a los parajes más lejanos, si las ventanillas de reclamo funcionan a la primera, si las barreras de transporte no transforman la “condición” en castigo. Y, sobre todo, si la coordinación entre MDS, Salud y Educación se traduce en rutas de graduación reales para que las familias dejen atrás el programa por haber pisado un suelo más firme.

El mérito de Tekoporã está en lo pequeño y en lo grande. En lo pequeño: una libreta de vacunas al día, un desayuno escolar, un cuaderno nuevo. En lo grande: un Estado que reconoce que la pobreza no se combate con eslóganes sino con reglas claras, presupuesto estable, datos abiertos y evaluación constante. La ley le dio cauce, la institucionalidad lo sostuvo y las mejoras recientes —aumento y mensualización— lo acercaron al ritmo de la vida de las familias.

Marta, como tantas, no habla de “impacto” ni de “diseño programático”. Habla de su hija, que quiere ser enfermera, del bebé que ya no se resfría cada mes, del sueño de abrir un pequeño puesto con el capital semilla de un programa productivo. Tekoporã no promete finales felices, pero sí oportunidades: el tiempo y la tranquilidad para que la vida vuelva a girar alrededor de proyectos y no de urgencias.

A 20 años, el mensaje es sencillo y hondo: la protección social no es caridad; es ciudadanía. Tekoporã fue —y debe seguir siendo— un puente que no se cruza solo una vez, sino cada vez que una familia necesita llegar del “hoy no alcanza” al “mañana puede ser mejor”. Mantener su fuerza, ajustar sus montos con criterios transparentes y cerrar brechas territoriales es apostar a que la pobreza no sea un destino, sino un tramo que, con acompañamiento, también se deja atrás.

Epígrafe:  Familias censadas para su incorporación a Tekoporã Mbarete.

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