“Conversamos con las autoridades del ministerio y nos pusimos a disposición en caso de ser necesarios. Hay un proceso riguroso: entrevistas, revisión del hogar, análisis del entorno familiar y de las edades de los hijos. No cualquiera puede recibir un niño de manera inmediata”, cuenta Alejandra, quien ya es madre. Esta preparación permite que la integración del niño al hogar sea más efectiva, respetando la comodidad y el bienestar de todos los integrantes.
Para esta experiencia, comenta que las niñas llegaron con hábitos diferentes y necesidades específicas, desde la alimentación hasta la rutina diaria. “Trabajar en la alimentación no solo implicó cambiar la dieta, sino enseñarles que siempre habría comida y cuidado disponible”, recuerda Alejandra. Asimismo, la adaptación al entorno familiar requirió paciencia y sensibilidad, especialmente considerando que los niños llegan de situaciones complejas.
“Desde el primer día, nuestro objetivo fue enseñarles que merecen ser amadas, queridas y respetadas. Que el mundo puede ser un lugar seguro y lleno de colores para ellas”, explica. La familia integró a las niñas en actividades cotidianas, desde los momentos de juego hasta la participación en la misa dominical y el coro de niños durante las celebraciones de fin de año.
Alejandra también resalta la importancia del trabajo en equipo dentro del hogar, ya que la decisión de recibir un niño no puede ser individual; todos los miembros de la familia deben estar de acuerdo y preparados para adaptarse a la nueva dinámica.
Durante las tres ocasiones que la familia participó en el programa, el acompañamiento del Ministerio fue constante, asegurando que cualquier dificultad se manejara con orientación profesional. Explica que las formas de relacionamiento con el entorno son diferentes, ya que hay que entender sus miedos y también saber manejar las crisis de cada niño, es por ello que todo requiere preparación.
La importancia del arraigo
El objetivo del programa no es reemplazar a la familia biológica, sino brindar un espacio seguro donde los niños puedan sentirse contenidos y construir vínculos positivos, esenciales para su desarrollo emocional.
Alejandra explica que cada paso o decisión en cuanto al arraigo afecta la vida del niño hacia la adultez. Es por eso que considera que cada intervención debe ser acompañada de contención, amor y preparación para dar el siguiente paso.
Un acto de amor con responsabilidad
Alejandra invitó a otras familias a perder el temor a sumarse al programa ante los temores de apego y desapego eventual
“El amor no es egoísta, se multiplica. Podemos enseñar a los niños que merecen ser amados y que el mundo tiene bondad, incluso cuando el tiempo juntos sea temporal”, señala. La entrega a este tipo de programas es, según ella, un acto de responsabilidad, amor y conciencia social.
Finalmente, la abogada considera que la mayor necesidad para que más familias se sumen es la difusión, además de la implementación de sistemas de control rigurosos por parte del programa.
Con historias como la de Alejandra y su familia, Familias de la Guarda demuestra que los hogares pueden ser lugares de esperanza y transformación, donde cada niño recibe atención, cariño y la oportunidad de construir recuerdos positivos, incluso en contextos de vulnerabilidad.


