Las llamadas tierras raras son 17 elementos químicos —los 15 lantánidos más itrio y escandio— con propiedades electrónicas y magnéticas únicas. Aunque su nombre sugiere escasez, están relativamente dispersos en la corteza y su “rareza” radica en que no suelen hallarse en concentraciones explotables sin un procesamiento intensivo. Su mayor valor proviene de usos de alto impacto: imanes permanentes (neodimio, praseodimio, disprosio y terbio) que hacen girar motores de autos eléctricos y aerogeneradores; fósforos y láseres; catalizadores y pulido de vidrio; y aplicaciones estratégicas en defensa y aeroespacio.
¿Por qué valen tanto?
Porque son un insumo irremplazable para la electrificación y la economía digital. Los imanes de tierras raras concentran mucha potencia en poco volumen: permiten motores más livianos, eficientes y silenciosos, y reducen el consumo energético en turbinas eólicas. Además, la cadena de valor está altamente concentrada en el “choke point” del refino y la separación química: incluso cuando la minería crece fuera de Asia, la mayoría del óxido aún viaja para procesarse en plantas chinas. Ese cuello de botella —más que la geología— es lo que encarece, vuelve volátil y politiza el mercado. Diversos análisis fijan el dominio chino del refinado en torno al 80–90 %, motivo por el cual Estados Unidos, Europa y aliados promueven proyectos y reservas estratégicas para “des-riesgar” suministros.
Los datos recientes del USGS muestran, además, que la producción global se recupera, con EE. UU. aportando 45.000 toneladas de óxidos en 2024 (principalmente desde Mountain Pass, California) y Australia sosteniendo su rol vía Lynas, mientras Myanmar sigue siendo un proveedor clave de arcillas iónicas hacia China. La combinación de mayor demanda (EVs y eólica) y concentración del refino mantiene los precios y el interés inversor elevados.
¿Quién tiene el acceso hoy?
China domina la cadena completa —de mina a imán— y opera con cuotas mineras, control de exportaciones de tecnologías clave y políticas industriales agresivas. Incluso evalúa expandir su huella de procesamiento con socios en el Sudeste Asiático, como Malasia, para asegurar suministro de feedstock y defender su posición frente a competidores no chinos.
Estados Unidos reactivó extracción y busca integrar “mina-metal-imán” con inversiones del Departamento de Defensa y compras estratégicas: MP Materials produce concentrados y empresas como USA Rare Earth empujan el salto a metales y aleaciones magnéticas en territorio estadounidense y británico.
Australia es el actor “aliado” más avanzado fuera de China, con Lynas y un plan de reserva estratégica de minerales críticos para vender participaciones a socios y blindar cadenas de suministro.
América del Sur empieza a escalar: Brasil puso en marcha Serra Verde en 2024 (arcillas iónicas en Goiás), con potencial para duplicar producción hacia 2030. Es el segundo país en reservas tras China y atrae financiamiento para cerrar su brecha de procesamiento. Ese movimiento puede reconfigurar flujos en el Cono Sur y abrir oportunidades regionales de “nearshoring” industrial.
¿Y dónde está Paraguay?
Paraguay no registra producción comercial de tierras raras, pero su geología sí sugiere potencial. En el noreste (Amambay) afloran complejos alcalino-carbonatíticos —Cerro Chiriguelo y Sarambí— emparentados con provincias alcalinas de Brasil que suelen hospedar niobio, fosfatos y tierras raras en distintas asociaciones minerales. Estudios académicos recientes describen estas intrusiones (5–7 km de diámetro) y su contexto tectónico, reforzando la hipótesis de que el país comparte el marco metalogenético regional que concentra REE en el Paraná–Amambay.
A nivel exploratorio, informes de la década pasada identificaron el proyecto Chiriguelo (REE/Nb) y objetivos en la franja fronteriza; fuentes locales más recientes mencionan interés externo y potencial en Bado y Chiriguelo, además de Alto Paraguay. En síntesis: existe base geológica y “señales” de interés, pero aún falta pasar de indicios a yacimientos medidos, y —sobre todo— a proyectos con permisos, financiamiento y plan de procesamiento.
Para Paraguay, la ventana está en tres capas:
Ciencia y exploración: mapear sistemáticamente los complejos alcalino-carbonatíticos (geoquímica, mineralogía de REE, asociaciones con niobio/fosfatos) y actualizar inventarios con estándares reportables (JORC/NI 43-101). Brasil muestra el camino: maduró reservas durante años antes de activar minas competitivas.
Ambiente y licencia social: el procesamiento de REE conlleva manejo de residuos, radioelementos traza y uso de reactivos. Sin reglas claras, los proyectos no avanzan. Marco regulatorio previsible y vigilancia ambiental temprana son clave para atraer capital responsable (lección aprendida en Malasia y Australia).
Industria y alianzas: el valor no está solo en extraer, sino en separar, refinar y fabricar imanes. Una estrategia realista es integrarse a cadenas regionales (Brasil) y a programas de aliados que financian capacidades “ex-China”, sumando logística hidroeléctrica competitiva y estabilidad macro dentro del Mercosur.
Las tierras raras no son un fin en sí mismas: son la llave de los motores de la transición energética y de la seguridad tecnológica. Hoy el acceso lo concentra China, con EE. UU. y Australia, tejiendo alternativas, y Brasil emergiendo como socio relevante en Sudamérica. Paraguay parte desde atrás, pero no desde cero: su geología en Amambay brinda un punto de apoyo. El paso siguiente es convertir potencial en información dura y, luego, en proyectos bancables que se inserten en cadenas regionales de mayor valor agregado. Si lo hace, el país puede sumar un eslabón estratégico —limpio, trazable y competitivo— a su matriz productiva.


