China atraviesa un momento decisivo en su economía. El país que en las últimas cuatro décadas se convirtió en la “fábrica del mundo” enfrenta hoy un dilema complejo: produce mucho más de lo que logra vender. Esta situación, conocida como sobreproducción, inquieta a Pekín, alarma a Washington y descoloca a Bruselas, al tiempo que plantea interrogantes sobre la estabilidad del comercio internacional.
La estrategia de crecimiento chino, marcada por la industrialización acelerada y la obsesión por aumentar el PIB, generó una maquinaria productiva que parece no detenerse. Coches eléctricos, baterías, placas solares y materiales de construcción se fabrican a un ritmo que supera la capacidad de consumo interno y externo.
El propio primer ministro Li Qiang reconoció en el 2024 que “la base para la recuperación económica no es lo suficientemente sólida”, aludiendo a la falta de demanda efectiva, la sobrecapacidad industrial y los riesgos ocultos que enfrenta el país.
El resultado es evidente: precios muy bajos en el mercado internacional, empresas con márgenes reducidos e incluso pérdidas y crecientes tensiones comerciales. En el G7 ya se habla de coordinar una respuesta frente al impacto de la sobrecapacidad china.
Orígenes de la sobreproducción
Para comprender el fenómeno actual hay que retroceder en el tiempo. Tras la muerte de Mao Zedong, China abandonó el comunismo rígido y abrió sus puertas al capital extranjero. Primero, la liberalización del campo generó un “milagro campesino”, con reducción de la pobreza y crecimiento acelerado. Pero tras Tiananmen en 1989, el Partido Comunista reorientó el modelo: centralización, control en las grandes ciudades y apuesta por el crecimiento a cualquier precio.
El PIB se convirtió en el nuevo termómetro político. Sin embargo, este auge no siempre se tradujo en bienestar para la población. Shanghai, por ejemplo, multiplicó su riqueza, pero los salarios de sus ciudadanos no crecieron en la misma proporción. La producción aumentaba, pero no así el poder adquisitivo: la semilla de la sobreproducción ya estaba plantada.
Impacto global: luces y sombras
A finales de los 90 y comienzos de los 2000, el impacto de los productos chinos en Estados Unidos y Europa fue evidente. En EE.UU., se estima que entre 1999 y el 2007 desapareció una cuarta parte de los empleos manufactureros debido a la competencia con las importaciones chinas.
No obstante, estudios recientes matizan esta visión: aunque se destruyó empleo en algunas zonas, a nivel general se crearon nuevos puestos de trabajo y los consumidores se beneficiaron de precios más bajos. Para tres cuartas partes de la población estadounidense, la presencia de productos chinos significó más salario disponible y una canasta de consumo más barata.
El problema actual es distinto. China ya no exporta solo textiles o juguetes, sino vehículos eléctricos, maquinaria avanzada y paneles solares. El “shock 2.0” podría ser mucho más disruptivo para las economías occidentales.
No todos los sectores presentan el mismo nivel de riesgo. En el automotriz, China es ya líder en producción de coches eléctricos. Empresas como BYD superan en rentabilidad a Tesla, pero la mayoría de las marcas locales sobreviven gracias a subsidios, produciendo por debajo de su capacidad. Esto genera una peligrosa guerra de precios que preocupa al propio Xi Jinping.
La construcción es otro sector crítico, tras el estallido de la burbuja inmobiliaria. La caída de gigantes como Evergrande evidenció que un 40% de la economía giraba alrededor del ladrillo. Hoy, el gobierno permite quiebras en el sector y vigila que no se disparen nuevas capacidades de acero o cemento.
En energías renovables, la situación es paradójica. La producción de placas solares y baterías crece a niveles que duplican la demanda proyectada para el 2027. Empresas líderes como Tongwei registraron caídas de beneficios de hasta 70% en el 2024, reflejo de un sector donde abundan compañías en números rojos. Para algunos analistas, esta sobrecapacidad puede convertirse en una oportunidad si se acelera la innovación y surgen nuevos usos para la energía limpia; para otros, es la antesala de un colapso de “empresas zombis”.
Consumo interno: el talón de Aquiles
Una de las grandes preguntas es por qué los hogares chinos no consumen lo suficiente para absorber la producción nacional. La respuesta combina factores coyunturales y estructurales: incertidumbre laboral, salarios bajos y un modelo económico donde el consumo representa apenas el 40% del PIB, frente al 70% en países como México.
La burbuja inmobiliaria agravó la situación. Al ser la vivienda el principal vehículo de ahorro, su colapso redujo la confianza y disparó el ahorro precautorio. Con menos gasto interno, las fábricas producen sin una demanda que justifique su ritmo.
La sobreproducción en China es un arma de doble filo. Por un lado, genera riesgos de inestabilidad global, guerras comerciales y la proliferación de empresas inviables. Por otro lado, puede derivar en precios más accesibles para tecnologías verdes que el mundo necesita, como autos eléctricos y energías renovables.
La gran incógnita es si Pekín permitirá que las empresas menos eficientes desaparezcan o si seguirá sosteniendo un sistema con exceso de capacidad. La respuesta definirá no solo el futuro económico de China, sino también el equilibrio comercial mundial.


