El fútbol moderno tiene una particularidad cada vez más evidente: vive atrapado en el presente. No importa demasiado lo que ocurrió hace algunos meses, ni siquiera lo que pasó ayer. Los títulos, los ciclos o los procesos exitosos pueden evaporarse con una rapidez que sorprende. La actualidad manda, y lo hace con una dureza implacable.
El caso reciente de Filipe Luís en Flamengo es un ejemplo contundente. El entrenador fue apartado del cargo pese a haber conquistado hace apenas unos meses la Copa Libertadores, el trofeo más importante del continente. Ni siquiera un reciente triunfo por 8-0 en el campeonato carioca alcanzó para sostener el proyecto. El margen de paciencia se reduce cada temporada y el pasado inmediato parece pesar cada vez menos.
Algo similar ocurrió con Marcelo Gallardo en River Plate. El “Muñeco” no es un entrenador más en la historia del club. Fue el arquitecto de una de las etapas más gloriosas del Millonario, con títulos internacionales, finales memorables y un estilo que marcó época en Sudamérica. Sin embargo, su segundo ciclo no logró despegar. Los resultados no acompañaron y el propio Gallardo optó por dar un paso al costado antes de que el desgaste terminara en una salida forzada. La historia sola no alcanza, el fútbol es presente, es ahora, y lo de Gallardo es otra muestra más de que los segundos ciclos casi nunca funcionan. Quizás por este último motivo fue que Gerardo “Tata” Martino no quiso volver a la Albirroja luego de Sudáfrica 2010 y la final de Copa América 2011.
En Paraguay tampoco se escapa de esa lógica. Lucas Barrios fue cesado como entrenador de Sportivo Luqueño antes incluso de que finalice la primera rueda del presente torneo y habiendo conseguido la permanencia el año pasado. Un proyecto que apenas comenzaba quedó trunco en apenas unos meses, producto de la presión permanente que rodea al balompié actual.
El fútbol siempre fue resultadista, pero hoy la tendencia es mayor. Las redes sociales amplifican resultados al punto de que, lo que antes se evaluaba en temporadas, ahora se mide en partidos. Y así, en una dinámica que no se detiene, el juego más popular del mundo termina devorando su propia memoria. En el fútbol de hoy, el pasado se celebra, pero el presente es el único que realmente importa.


