Capitán dentro y fuera de la cancha, Gustavo Gómez habló de identidad, sacrificio y valores. En una extensa charla radial, el defensor repasó su rol en la Albirroja, la huella de Alfaro y su vigencia en Palmeiras
Gustavo Gómez no elige atajos cuando habla de la camiseta albirroja. No la nombra como un privilegio ni como una obligación profesional, sino como un acto de servicio. En tiempos donde el sentido de pertenencia escasea en todos los rubros, e incluso a nivel global, el capitán de la selección paraguaya volvió a poner el foco donde importa: dejar la vida por la selección, aun cuando el contexto no sea favorable y los resultados no acompañen.
El defensor del Palmeiras fue protagonista de una extensa entrevista en la segunda edición del programa “Super deport”, emitido por La Tribu Deport 1120 AM, donde dejó definiciones que explican buena parte del presente anímico y conceptual de la Albirroja. Gómez habló del legado que su generación busca dejar, del orgullo de representar al país y de una convicción que repite como mantra, a la selección no se le dice que no.
“Independientemente de cualquier resultado, hay que estar en la selección, hay que servir a tu país”, expresó, marcando una línea clara para los más jóvenes. En su mirada, vestir la camiseta nacional implica asumir una responsabilidad que va más allá del partido del viernes o del martes. Es sostener valores, transmitir identidad y defender una historia que no admite relajos. Por eso insiste en que quien llega debe hacerlo con la disposición de entregarlo todo, incluso en los momentos más duros; a él le tocó, los años oscuros de la Albirroja.
Gómez reconoce que el camino no fue sencillo. Hubo frustraciones, críticas y etapas en las que la selección parecía extraviada. Pero lejos de renegar de ese recorrido, lo asume como parte del aprendizaje. Para él, incluso en la derrota, hubo un mensaje que sobrevivió: el de una generación que resistió, que trabajó y que nunca negoció el compromiso.
Mirando a futuro, sobre el Mundial, el capitán prometió que dejarán todo en cada juego y que irán partido a partido en busca de dejar a Paraguay lo más alto posible: “Nosotros nos estamos preparando para hacer historia. No va a ser fácil, pero nosotros creemos que podemos hacer un buen Mundial”, sostuvo.
“Alfaro vino a humanizar la selección”
En ese proceso de reconstrucción, Gustavo Gómez no duda en señalar un punto de quiebre casi fundamental, la llegada de Gustavo Alfaro. El actual entrenador de la Albirroja, según el capitán, no solo ordenó lo futbolístico, sino que tocó fibras profundas dentro del grupo. “Vino a humanizar la selección”, sintetizó, en una frase que explica mucho más de lo que aparenta.
Para Gómez, Alfaro entendió desde el primer día que no estaba frente a nombres, sino frente a personas. Que antes de exigir rendimiento había que dignificar, escuchar y generar un entorno de respeto absoluto, desde el utilero hasta la figura consagrada. Ese cambio de clima fue clave para que los jugadores volvieran a creer, primero en ellos mismos y luego en la idea colectiva.
El capitán remarcó que, aunque ese costado humano es el que más se percibe desde afuera, el mayor mérito del entrenador está en lo táctico. Alfaro, sostuvo, es un “maestro del fútbol”, capaz de leer partidos, ajustar sobre la marcha y transmitir con claridad qué necesita de cada futbolista. Esa combinación de liderazgo emocional y solidez estratégica explica, en gran parte, la rápida evolución del equipo.
La confianza volvió a instalarse en el grupo a partir de resultados que marcaron un antes y un después. Y con ella, regresó también la comunión con la gente. Gómez lo vive incluso como hincha: disfruta ver a la selección competir, sentir el respaldo popular y percibir que los más jóvenes empiezan a entender lo que significa realmente defender la camiseta paraguaya.
Palmeiras, su lugar en el mundo
Mientras lidera este proceso en la selección, Gustavo Gómez sigue construyendo una carrera monumental en Palmeiras, el club que, según sus propias palabras, se convirtió en su lugar en el mundo. Capitán, referente y uno de los máximos goleadores del equipo en este siglo pese a ser defensor, el paraguayo es sinónimo de respeto y liderazgo en el fútbol brasileño. Aunque, ante los halagos a los brasileños, advirtió que su corazón pertenece a Paraguay y eso es innegociable.
Gómez habla del Verdao como una familia. Una identidad firme a partir del trabajo, la honestidad y una palabra que vale tanto como un contrato. En ese contexto, su crecimiento fue natural. Llegó buscando minutos, continuidad, la posibilidad de jugar, y encontró mucho más; títulos, reconocimiento y un vínculo emocional que trasciende lo deportivo. Incluso con seductoras propuestas del fútbol árabe, que sabemos del poderío económico casi incomparable, el capitán decidió quedarse en Brasil y seguir defendiendo la camiseta del Palmeiras.
Lejos de quedarse con los logros individuales, vuelve a poner el acento en lo colectivo. Defiende primero, ataca cuando puede y celebra cada gol como una forma más de ayudar al equipo. Esa coherencia entre discurso y acción explica por qué es tan querido en un club gigante y exigente como Palmeiras.
Gustavo Gómez sostiene una misma línea sea cual fuere del escenario. Lidera con el ejemplo, habla sin rodeos y entiende el fútbol como un espacio de valores. Por eso su mensaje resuena con fuerza, se entiende y el capitán sigue escribiendo su legado.


