En la agonía del año 1970, el deporte paraguayo aportó un nuevo ingrediente grato de celebración en las fiestas de fin de aquel año: el advenimiento de un nuevo ídolo y en un deporte prácticamente desconocido.
En los días previos a la Navidad y hasta el 29, cuando se gestó la gran hazaña, el joven y quinceañero tenista Víctor Manuel Pecci Balart sorprendía con una descollante campaña en el más afamado torneo juvenil —junto al tradicional US Open en Norteamérica— el Orange Bowl de Miami que celebraba en aquel entonces en el Flamingo Tennis Center de Miami Beach, su vigesimocuarta edición.
Si bien ya había generado sorpresa primero y admiración después, su arrollador dominio siendo un junior de todas las competencias locales y sus primeros éxitos internacionales en la Argentina, en especial, en el certamen Crepuscular de Mendoza, parecía tan lejana como imposible la conquista de un cetro en tan exigente y elitista competencia.
Pero junto al argentino Guillermo Aubone, brindó la nota, y el día 29 de diciembre de 1970 alcanzó el cetro en un territorio aún desconocido para los nuestros.
La Tribuna había arropado el advenimiento del joven tenista compatriota como verdadero nuevo precoz ídolo deportivo guaraní, acompañando toda su trayectoria en el gran evento, con las escasas herramientas de comunicación que entonces se disponían.
El lacónico telex no proporcionaba más que el simple resultado, insuficiente ante la creciente sed de novedades que con avidez buscaban nuestros lectores que cada vez se entusiasmaban más con una naciente pasión deportiva y su gran realizador.
El tiempo les dio la razón a esos apasionados y fervientes aficionados que demandaban noticias del joven tenista que aún no contaba historias de proezas, pero que fue llamado a ser el mejor que nació de esta tierra. Ellos fueron testigos del nacimiento de una estrella, el más grande paraguayo que portó una raqueta.
Entonces las costosas comunicaciones telefónicas, a las que se sumaba el padre del joven tenista, el doctor Jorge Pecci en la vieja redacción de la calle General Díaz y 15 de agosto, aportaban valiosos detalles adicionales. Incluso los funcionarios de la compañía Braniff International Airways entre los mensajes de confirmaciones y horarios de vuelos insertaban por lo menos el desenlace de los partidos.
Recién en la madrugada del 30 de diciembre se pudo establecer la comunicación con la nueva estrella emergente, mereciendo la espera y la publicación “en alcance” de la gran victoria en la final ante la pareja de jugadores estadounidenses Mike Fishbach-Vitas Gerulaitis por 7-5, 6-8, 6-4.
Así comenzaba el camino hacia el estrellato del gran Víctor Manuel Pecci, llamado con los años a ser el más importante tenista paraguayo de todos los tiempos, considerado como “el mejor deportista nacional del siglo XX y merecedor del reconocimiento oficial como “Deportista del Bicentenario”.
Aquel recordado diciembre de 1970 quedó grabado en la historia de una celebración que nunca hasta entonces, entre Navidad y Año Nuevo, el Paraguay deportivo había podido vivir entre brindis y abrazos, entre sidras y pan dulce.


