Cerro Porteño, un campeón a fuerza de convicción y cicatrices

El 2025 será recordado por Barrio Obrero como el año de la redención, del esfuerzo sostenido y de una gloria recuperada tras cuatro largos años de es…

| Por La Tribuna
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Juan Manuel Iturbe festeja el primer tanto de Cerro ante Tembetary, el que encaminó al título N° 35 del Ciclón de barrio Obrero.

El 2025 será recordado por Barrio Obrero como el año de la redención, del esfuerzo sostenido y de una gloria recuperada tras cuatro largos años de espera. Cerro Porteño conquistó la estrella 35 del fútbol paraguayo luego vencer 2-0 a Atlético Tembetary en la definición del Clausura, cerrando un torneo que por lapsos fue tormentoso, pero que terminó bajo la lluvia de festejos de su gente.

Lo que hace grande al campeón no es solo haber ganado, sino cómo lo ganó. Porque en un camino que exigió paciencia, convicción y cintura, el Ciclón sorteó obstáculos que jamás deberían subestimarse: lesiones, dudas, ajustes tácticos y un cambio de técnico en un momento crítico y justo.

Saber capear los problemas

En medio del tramo inicial del torneo, Cerro sufrió bajas importantes por motivo físico. Planteos que se resquebrajaban, defensas que se modificaban, solidez que parecía difusa. Pero lejos de rendirse, la dirigencia y el plantel apostaron por la continuidad y la fe, mantuvieron la base, fortalecieron a sus puntales; como Juan Iturbe, goleador del año, y empezaron a moldear una identidad diferente, una que tenía hambre de gloria.

Sin embargo, cuando todo parecía moldearse, apareció otra sacudida: el cambio de director técnico. La salida de Diego Martínez y la llegada de Jorge Bava, que terminó el año invicto. Apareció en un momento crucial, el club apostó por un rearmado bajo otro estilo que no es el habitual en el Ciclón: el uruguayo. Fue una apuesta arriesgada en la mitad de la carrera, pero también una señal clara de que Cerro ya no se conformaba con solamente pelearla como en torneos anteriores, esta vez la mira estaba más lejos.

En medio de los dos entrenadores también vale resaltar el trabajo de Jorge Achucarro, DT interino en dos jornadas en las que consiguió el total de los puntos, mismos que terminaron siendo más que fundamentales para llegar al objetivo deseado.

El superclásico, la bisagra que encendió esperanzas

Y apareció el clásico que cambió el ánimo de todo Barrio Obrero. En Ciudad del Este, el Azulgrana sufría un 0-2 adverso ante Olimpia, pero encontró coraje, convicción y alma para dar vuelta el marcador y llevarse un retumbante 3-2. Ese triunfo fue un vendaval de confianza. Un aviso de lo que vendría, un mensaje de que este Cerro Porteño se animaba a torcer historias y suertes ya echadas.

Esa remontada reavivó la fe, calmó las dudas y consolidó un liderazgo moral que pocos equipos pueden exhibir. Pero había algo más, ese mal instalado en el inconsciente colectivo de que “había miedo a cancha llena”, de que este equipo se amilana ante las miles de almas que lo apoyaban desde las gradas. El tiempo le dio razón al plantel, que se cansaba de repetir que eso no era así. Al final, la presión no fue un impedimento y Cerro pudo festejar con su gente.

Final sin dramatismos, con autoridad

El domingo final, contra Tembetary, fue la suma de todos los aprendizajes. A los 16 minutos, Juan Manuel Iturbe abrió el marcador con oficio, rapidez y buena puntería. Al comienzo del segundo tiempo, Jorge Morel selló la victoria con un zapatazo cruzado, que cayó al fondo del arco como un epitafio para las dudas. El título ya no dependía de otros, dependía de ellos mismos.

Con 13 victorias y apenas dos derrotas en 22 fechas, Cerro fue el más regular, el más firme. Acumuló 85 puntos en la temporada 2025 y demostró que la constancia, cuando se acompaña con convicción, termina premiada.

Más que un campeonato, es el regreso al trono

Este título significa algo más que una estrella nueva. Representa el retorno de la sombra de gloria a Barrio Obrero, el alivio de una afición que había sufrido desencantos y la reafirmación de un estilo. Cerro enseñó que se puede ganar con estructura, con hombres de lucha, con decisiones audaces y con fe intacta.

El camino no fue fácil. Hubo dolores, dudas, golpes internos. Pero también hubo rebeldía y corazón. Y al final, en un lluvioso domingo para la historia, Cerro, entre convicciones y mostrando sus cicatrices, logró lo que quería, volver a ser el campeón que su gente merece.

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