Italia volvió a demostrar que hoy es la gran potencia del tenis mundial. En Bolonia, levantó su tercera Copa Davis consecutiva y la cuarta de su historia tras superar 2-0 a España, en una final marcada por el empuje de su plantilla “alternativa”, sin Jannik Sinner ni Lorenzo Musetti, sus dos grandes figuras.
Ni siquiera el peso de esas ausencias afectó al equipo de Filippo Volandri, que resolvió la serie sin perder un solo partido en toda la competencia, ratificando un dominio que ya se refleja también en la Billie Jean King Cup.
La cita tuvo un sabor especial. Primero, por el ambiente del público italiano, que sirvió como una extensión más del equipo. Segundo, porque los protagonistas no fueron los nombres más esperados. Matteo Berrettini, quien volvió a competir después de un año complejo, asumió el rol de segundo singlista; y Flavio Cobolli, en plena explosión deportiva, tomó la responsabilidad de ser el número uno de Italia. El único jugador de experiencia constante fue Simone Bolelli, presente en los tres títulos consecutivos, referencia silenciosa de un grupo que ya sabe ganar en cualquier formato.
Berrettini se encargó del primer punto de la serie ante Pablo Carreño. Ganó 6-3 y 6-4, en un partido donde su servicio resultó letal. Sumó 13 aces y generó una presión constante sobre el español, que nunca terminó de encontrar respuesta. El asturiano resistió mientras pudo, pero el italiano jugó con una confianza que creció punto a punto, alentado por un estadio que coreó su nombre desde el calentamiento. Cada servicio sólido, cada bola profunda desde el fondo, reforzó el plan azzurro, el de dominar desde la potencia, cerrar en la red y no dejar aire al rival.
Con ese triunfo, España quedó obligada a ganar el segundo punto. Jaume Munar, que llegaba en el mejor año de su carrera, enfrentó a Cobolli en un duelo intenso y emocional. El español comenzó arrollador, rompiendo dos veces de entrada y llevándose el primer set por un contundente 6-1. Fue valiente, se sostuvo desde el revés y por un rato silenció a la afición italiana. Parecía que habría dobles.
Pero la final cambió rotundamente. Cobolli, como suelen hacerlo quienes intuyen el momento de crecimiento, resistió la adversidad y fue recuperando terreno. Levantó un tie-break decisivo en el segundo set, empezó a soltarse, a pegar más libre, a acumular puntos que encendieron a la grada. Munar, desgastado tras una semana exigente, perdió ritmo en los intercambios. El partido se abrió definitivamente en el tercer set, donde el italiano quebró en el 6-5 y luego cerró con saque propio para sentenciar la copa y el año.
Italia celebró en su casa. Festejó, además de la tan ansiada Copa, el destape de nuevas figuras que ayudan a confirmar a su equipo como el mejor de este lustro, de esos que marcan épocas y son recordados por mucho tiempo. Reafirmó también que incluso sin su arma más afilada, sigue siendo el equipo más ganador del tenis actual. Con profundidad, con carácter y con una identidad que ya excede a sus nombres propios.


