Existen preguntas que incomodan porque la respuesta parece demasiado evidente. ¿Cuánto más necesita demostrar el básquet femenino paraguayo para recibir la atención que merece? ¿Cuántos títulos, medallas, finales emocionantes y estadios llenos hacen falta para que deje de ser tratado como una disciplina que necesita oportunidades y empiece a ser reconocido como un espectáculo que ya demostró lo que puede ofrecer?
El básquet femenino siempre fue tradición en nuestro país. Desde sus inicios, se emancipó del masculino y creó su propio camino, uno lleno de glorias que lo ubicó entre los mejores del continente y del mundo.
Tal es así que Paraguay fue campeón sudamericano femenino en 1952 y 1962. En el Mundial de Chile de 1953, la selección nacional terminó quinta, entre las mejores del planeta. Entonces, no hablamos de una promesa ni de una “rama” de este deporte, sino el tronco mismo. Por eso hablamos de tradición, que supo competir en lo más alto y que merece ser contada mucho más de lo que suele serlo.
Pero la historia no acaba allí. En tiempos más recientes también hubo motivos para continuar festejando. En 2022, Félix Pérez Cardozo conquistó de manera invicta la Liga Sudamericana Femenina. Ese mismo año, durante los Juegos Odesur de Asunción, la selección paraguaya obtuvo la medalla de plata en el básquetbol 5x5, mientras que el 3x3 también subió al podio; pero, sin desmeritar los logros deportivos, se destaca la increíble respuesta de la gente que acompañó a la selección incluso en mayor número que a la masculina; el Arena SND presentaba un lleno total en cada partido de las chicas. Más de 7000 personas en cada una de las jornadas.
Tres años después, los Juegos Panamericanos Junior volvieron a ofrecer una imagen que debería servir como argumento definitivo: tribunas repletas, público buscando un lugar desde donde observar y una selección paraguaya femenina de 3x3 que terminó colgándose el bronce tras vencer a Brasil en un final dramático.
¿Falta interés? Las imágenes de aquellos torneos invitan, como mínimo, a cuestionar esa explicación. Cuando las mujeres paraguayas compiten, pelean por medallas y tienen la oportunidad de mostrarse, la gente responde.
Nos trasladamos entonces al viernes pasado, donde apareció otra señal. Olimpia Queens y Félix Pérez Cardozo llevaron su rivalidad a la televisión abierta, en un partido de la Liga Nacional que tuvo emoción hasta el final. Félix Pérez ganó 65-61, con una definición que mantuvo la incertidumbre hasta los últimos segundos. Fue un partidazo, de esos que justifican por sí solos sentarse frente a una pantalla.
Este partido correspondió a la tercera fecha de un torneo renovado, atractivo y con más equipos; uno que se presenta como el renacer del básquet femenino, con el firme desafío de romper con la tendencia de lo efímero y apuesta a quedarse por largo rato.
En ese sentido, la transmisión por Canal 13 significó un paso importante para la visibilidad del básquet femenino local. Mirando esto, nos preguntamos: ¿por qué una competencia con equipos protagonistas, figuras reconocidas y una rivalidad capaz de ofrecer semejante espectáculo no logra “prender” en la afición que sigue aferrada al masculino?
No se trata de pedir favores ni de reclamar atención por obligación. Se trata de reconocer el valor deportivo de una disciplina que tiene historia, resultados, talento y público. Si bien el masculino tiene su espacio ganado y se entiende, ese mismo espacio es grande y hay lugar para todos.
El básquet femenino paraguayo ya hizo su parte. Ganó, emocionó, llenó tribunas y demostró que puede ofrecer grandes partidos, como el del viernes. Ahora hace falta que la gente, las marcas y quienes toman decisiones estén a la altura de esa realidad.
¿Cuánto más necesita demostrar para ser visto? Tal vez la pregunta ya no deba dirigirse a las jugadoras. Tal vez haya llegado la hora de preguntárselo a quienes todavía no terminan de mirar.


