Pero hubo un bálsamo que si bien no pudo restañar totalmente el mal que produjo la injusta y hasta hoy no reparada expropiación de la sede propia de la Confederación Paraguaya de Básquetbol, supo paliar por un tiempo, los nocivos efectos de la arbitraria disposición.
La pérdida del mítico estadio propio de la CPB y por extensión la casa que supo abrigar las necesidades de todos los deportes de gimnasio de la época en el Paraguay, tuvo consecuencias graves en la gestión del deporte del cesto en sus enfrentamientos ante pares del continente.
Mientras vivió el Comuneros supo transitar por las cumbres de los éxitos deportivos en competencias internacionales. Expropiado, cuando quedó en la calle, se vino en picada para ubicarse en los últimos lugares.
Sin embargo, a comienzos de los ochenta, rebrotó de nuevo el maltratado deporte cuando por iniciativa del doctor Reinaldo Domínguez Dibb, vicepresidente de la entidad, quien adquirió el predio del coliseo Galaxia y le puso el rótulo de Palacio de los Deportes, llevó la sede administrativa de la entidad a esas instalaciones ubicadas frente al Jardín Botánico.
Fue entonces que empezó la recuperación del nivel competitivo internacional de nuestro baloncesto y empezó otra vez el público a llenar las canchas. No fue solo casualidad que al volver a tener un techo propio y estable, como disfrutaba antes de la expropiación del Comuneros, el deporte de la canasta volviera a impactar y a crecer.
Pero la renovada primavera no fue extensa. El Palacio empezó a tener problemas de filtraciones de agua, costaba mantenerlo en condiciones y tuvo que ser vendido. Y el básquetbol otra vez se quedó huérfano y volvió a visitar el sótano de las clasificaciones de las competencias de selecciones y clubes a nivel continental.
Con esa resiliencia que lo mantiene vivo pese a tantos golpes, intentó levantarse muchas veces. Llegó a escalar un par de peldaños y a caer de nuevo. Y lo peor, perdió su gran público y su sede administrativa se desangró con una decena de mudanzas en locales alquilados y vio repetidamente como se desvanecía la ilusión de recuperar el Comuneros perdido.
Hoy, a poco de cumplirse medio siglo del trágico meteoro que sepultó lo que iba a ser el techo de su mítico estadio, la CPB volvió a recibir un balón de oxigeno vivificante. Así como en los ochenta asentó sus oficinas en el Palacio de los Deportes y utilizó este escenario para sus grandes eventos locales internacionales, esta vez dejó de pagar alquileres en casa ajena y fue recibido y albergado por el Comité Olímpico Paraguayo en su Parque de Luque, en una plausible muestra de solidaridad y gratitud hacia una entidad que acunó su nacimiento en el estadio Comuneros y apuntaló su crecimiento con tres ex presidentes en los primeros tiempos de su existencia (el primero, Domingo Inchausti y más tarde Reinaldo Domínguez Dibb y Ramón Zubizarreta, todos de extracción baloncéstica).
Hoy, la CPB no solo tiene una sede en el COP sino también desde el presente torneo Clausura 2026, dispone de un hermoso estadio, que fue el lugar donde se cumplieron los deportes de combate en los Panamericanos Junior 2025 y que estaba prácticamente inactivo para competencias oficiales.
Así como lo fue el Comuneros en las décadas entre los cuarenta y setenta, y el Palacio de los Deportes después de los ochenta, hoy el Urbano de Luque, es el gran eje de despegue que vuelve a tener el tan vapuleado pero tan querido deporte de la canasta. Que sea duradero y no solo un efímero oasis. Que nos permita disfrutar de este grato presente esperanzador y nos proyecte de la nostalgia del Palacio al prometedor nuevo tiempo del Urbano.


