La cuenta regresiva para la gran final del Mundial del domingo frente a España disparó la adrenalina y la ansiedad en toda Argentina. A solo un partido de poder defender la corona global tras superar por 2-1 al eterno rival, Inglaterra, en la semifinal disputada el miércoles en Atlanta, la sociedad sudamericana encontró un método masivo para gestionar la presión y los nervios: el estricto cumplimiento de las “cábalas” o rituales de buena suerte.
Esta devoción por la superstición atraviesa a todas las esferas del país, desde los barrios obreros hasta la política de alto nivel. El presidente Javier Milei reveló el jueves sus propios hábitos particulares e inamovibles. Según declaró a la radio El Observador, el mandatario no rompería “bajo ninguna circunstancia” su costumbre de ver los partidos de la selección nacional en la residencia presidencial.
En las calles, las reglas de los aficionados son igual de inflexibles. Durante el último encuentro, “nadie se movió del lugar que ocupaba la última vez”, declaró a la agencia AFP Andrés González desde el barrio porteño de Liniers. El contable de 48 años, quien se define como un adicto al fútbol, explicó con convicción el rigor de estas prácticas: “Si vas al baño y hay un gol, te encerramos. Te quedas allí hasta que termine el partido”.
El orden doméstico y el factor psicológico
En los hogares argentinos, la distribución de los invitados y el comportamiento de las mascotas se planifican como estrategias de partido. En casa de la vendedora Estela Vargas, de 65 años, todos visten la misma indumentaria y ocupan las mismas sillas. Sin embargo, su mascota sufre el rigor del rival de turno. “En el partido contra Inglaterra, como es un bulldog inglés, le pusimos una camiseta de Argentina”, dijo Vargas, quien luego añadió una nueva regla para el domingo: “Por España, llueva o haga sol, se queda fuera”.
Por su parte, Graciela Campos dijo que en su vivienda es su suegra quien debe abandonar la sala principal durante el juego. “Entra en la cocina y teje una bufanda azul y blanca”, explicó. Incluso las nuevas generaciones mantienen costumbres históricas, como la congelación simbólica de los adversarios. “Cojo la pegatina del jugador y la meto en el congelador. Mi abuelo me enseñó eso”, dijo Rodrigo Serna, un aficionado de 11 años.
Para quienes practican estos hábitos extravagantes no se trata de una broma, sino de un mecanismo cultural de integración. El sociólogo Diego Murzi declaró que, en el fútbol, “los argentinos no se sienten como espectadores, sino como protagonistas”. El especialista dijo que los rituales son “la sensación de participar atrayendo la buena suerte y alejando la mala”, y añadió que es un elemento muy presente en todo el ámbito deportivo.
Como ejemplo paradigmático, Murzi recordó la figura del exentrenador Carlos Bilardo, campeón del mundo en 1986. Pese a ser un hombre de ciencia, Bilardo era una persona supersticiosa en extremo, dijo el sociólogo. Según recordó, tras un partido ganado donde sonó un teléfono en el vestuario al que nadie respondió, el técnico ordenaba repetir exactamente esa secuencia antes de cada compromiso posterior.
Entre banderas celestes y blancas, altares dedicados a la memoria de Diego Maradona en Villa Devoto y cánticos frente al televisor, la fe en lo esotérico se mantiene intacta. “Todos mis rituales funcionan siempre”, dijo la jubilada de 74 años Lidia Otero, resumiendo el sentir de un país que busca influir, desde el sofá de casa, en el resultado final del domingo.


