El comienzo no fue lo esperado, una fea derrota ante Estados Unidos dejó tambaleantes las ilusiones y las esperanzas, pero la Albirroja se dio una sacudida para acomodarse al ritmo de una Copa del Mundo exigente, donde cada detalle podía marcar la diferencia. Con disciplina táctica, solidaridad y un enorme amor propio, garra y corazón, el equipo fue ganando confianza partido tras partido.
En la fase de grupos la Albirroja mostró una evolución constante; dejó de ser un conjunto que solo resistía atrás para transformarse en uno capaz de competir de igual a igual con cualquier rival.
La columna vertebral
Esta línea fue fundamental para el repunte. La seguridad de Orlando Gill, la firmeza de la defensa, el equilibrio del mediocampo y la explosión ofensiva de jugadores como Julio Enciso fueron consolidando un equipo convencido de sus posibilidades.
El punto de inflexión llegó en los dieciseisavos de final. Frente a la poderosa Alemania, la selección paraguaya protagonizó una actuación histórica. Resistió, luchó cada balón y terminó imponiéndose en la definición por penales, una clasificación épica que despertó la admiración del mundo futbolístico y confirmó que esta Albirroja ya no era una sorpresa, sino un rival de enorme respeto.

En octavos de final apareció Francia, uno de los máximos favoritos al título. Paraguay volvió a ofrecer una demostración de personalidad, orden y coraje, pero menos ofensiva. Durante largos pasajes incomodó a un adversario repleto de figuras y obligó a los franceses a exigirse al máximo para encontrar el camino del triunfo.
La derrota por 1-0 llegó mediante un penal, sugerido por el VAR y convertido por Kylian Mbappé, después de un partido intenso y muy disputado. Francia avanzó a los cuartos de final, pero sufriendo hasta el último minuto para doblegar a una selección paraguaya que nunca renunció a pelear.
Con valentía
Más allá del resultado, quedó la sensación de que la Albirroja cayó como un gigante. Compitió con valentía, defendió su identidad y se despidió dejando una imagen muy distinta a la del inicio del campeonato. Su crecimiento fue permanente y terminó ganándose el reconocimiento de propios y extraños.
También hubo momentos de tensión y provocaciones que empañaron parcialmente el espectáculo, alimentando el debate sobre el comportamiento de algunas figuras francesas. Sin embargo, Paraguay eligió responder jugando al fútbol, manteniendo la compostura y luchando hasta el pitazo final.
La eliminación dolió, porque el sueño de seguir avanzando estaba al alcance de las manos. Pero también dejó una certeza: Paraguay recuperó protagonismo en el escenario mundial. Demostró que posee una generación capaz de competir frente a las mayores potencias y que el futuro sigue ilusionando.
La Copa del Mundo terminó para la Albirroja, pero su actuación quedará indudablemente como una campaña que fue de menos a más y que devolvió al país el orgullo de sentirse representado por un equipo que nunca dejó de creer y luchar como solo puede hacerlo un guerrero guaraní.


