El silencio que siguió al pitazo final contrastó con la ilusión que había acompañado toda la jornada. Miles de paraguayos volvieron a reunirse en la tradicional calle Palma para empujar a la Albirroja frente a Francia, convencidos de que otra hazaña era posible. Esta vez no alcanzó.
Desde temprano, el centro histórico de Asunción volvió a teñirse de rojo y blanco. Familias completas, grupos de amigos y niños con camisetas de la selección siguieron cada jugada con el corazón en la mano, alentando sin descanso a un equipo que volvió a dejarlo todo dentro de la cancha; desafiando al frío que no fue impedimento para que volver a unir a todo un pueblo detrás de la Albirroja.

La misma escena se repitió en plazas, bares y espacios públicos de Ciudad del Este, Encarnación, Villarrica, Pedro Juan Caballero y muchas otras ciudades del país. También en comunidades paraguayas instaladas en Estados Unidos, España y Argentina, donde ver a nuestra selección todos juntos era volver a sentirse como en casa.
La derrota marcó el final del camino en esta Copa del Mundo, pero no apagó el orgullo de un pueblo que volvió a sentirse protagonista en la máxima cita del fútbol.
La gran campaña de la Albirroja dejó identidad, compromiso y la certeza de que Paraguay volvió a competir entre los mejores del mundo. El sueño terminó, pero la unión de todo un pueblo es lo que nos llevará a sitiales de privilegio en el futuro; ese es el camino.



