Específicamente, lo que fue la gran fiesta que se apoderó de toda la madrugada del martes, proyectó al mundo la imagen de una manifestación festiva multitudinaria y un clima de alegría que nunca antes nos tocó experimentar tan de cerca.
Y en lo personal, me permitió tender un puente que en mi mente unió pasado y presente, ligados con una misma sensación de felicidad generada por una conquista deportiva.
Siendo muy niño aún (de esto ya pasaron 73 años), en el lejano Miércoles Santo del año 1953, el país celebró lo que fue la primera máxima conquista del deporte más popular en nuestro país.
Tuve el privilegio y la bendición de ser testigo de aquella celebración, aun sin comprender su elevado e intenso significado.
Pese al tiempo transcurrido, aquella experiencia que fue diferente, porque se produjo cuando era imposible que un infante de tres años pudiera dimensionarla, no habiendo nunca antes visitado una cancha y sin entender la razón por lo que había tantos gritos, cánticos, hurras y vítores que brotaban de una apiñada multitud y porqué había tanta gente reunida y alborozada colmando la plazoleta Isabel La Católica entre Colón y Garibaldi, frente a la casa donde vivía con mis padres.
Atesoro solamente en el recuerdo a esa abigarrada y heterogénea multitud que se agolpó frente al puerto de Asunción para exteriorizar su felicidad. Y requirió de mi progenitor que se refiriera a la gran conquista, ávida por seguir escuchando a un comunicador que había apoyado esa causa pese a contratiempos que casi frustraron la consagración.
No había internet, ni redes sociales, ni televisión, ni siquiera un reportero gráfico y menos aún emisoras de radio que tuvieran móviles (inexistentes en aquella lejana época) para describir la repercusión de la conquista traducida en este espontáneo festejo que surgió de improviso.
Y a falta de todo ese decorado y la moderna infraestructura de pantallas gigantes y números artísticos en vivo que tan bien pudieron montar en grata conjunción voluntades públicas y privadas entre el Puerto y el Panteón, aquella vieja afición huérfana y desnuda del ropaje de tan grata infraestructura, buscó el abrigo de la voz que un comunicador desde el balcón del segundo piso de su casa, pudiera transmitir a tan atenta y expectante afición, expresando con emocionadas palabras, las loas que ella quería escuchar y disfrutar.
Este último lunes, me tocó ser testigo de nuevo, pero ya en el otro extremo de mi existencia, de una experiencia que dio nuevo sentido y valoración aquel episodio del 53. Y dejé mis cuarteles de invierno y salí como un hincha más a caminar atravesando Palma hasta el Panteón de los Héroes para celebrar la gran conquista.
En medio de la marcha, de los vítores, los cánticos y los saludos, había gente de todos los estratos sociales, de diferentes credos religiosos y políticos, que pese a la diversidad estaban unidos, fuertemente enlazados por un mismo sentimiento de amor a la albirroja e identificados con la misma felicidad. Y hasta una familia amiga de alemanes radicados en Asunción, que pronto van a tener un descendiente en esta tierra bendita que adoptaron como propia; se unieron a la fiesta con una franca y sincera alegría.
Tampoco aquel festejo de antaño, lo mismo que el de hoy, estuvo ajeno a lamentables episodios cuando por el afán de hacer ruido propiciaron la rotura de letreros de negocios del microcentro buscando además el estridente golpe de las piedras lanzadas contra las columnas, una de las cuales le privó de un ojo a un colega.
Valoré más que nunca lo que el deporte en general y el futbol en particular nos puede brindar de una manera simple, abierta y espontánea.
Y ya después de recuperar energías, en un martes menos ajetreado y con el oportuno feriado que decretó el gobierno, mientras amanecía y todavía el ruido del festejo envolvía el centro de la capital, me volvió el pensamiento de lo muy injustos que hemos sido con quienes nos dieron un regalo tan grande, una gesta que igualmente la supieron valorar en lejanas latitudes lo que puso el nombre de Paraguay como tendencia global.
Ahora Francia aparece como el gran escollo a superar para que siga sustentándose el sueño que tejió un puente de memorables recuerdos entre el Puerto y el Panteón, de lo que nada ni nadie, ni la misma Francia y su súper astro Mbappé, nos podrá privar porque al margen del resultado del próximo partido (aunque se llegue a perder) ese sinigual sentimiento que vivimos, ya se instaló para siempre en nuestros corazones.


