En los Mundiales, muchas veces las grandes historias se esconden en los pequeños detalles. Un gesto, una palabra, un festejo o una imagen que llevan un significado para quien lo emite o porta. En el triunfo de Paraguay ante Turquía, la escena estuvo en una mano vendada.
Matías Galarza saltó al campo con unas siglas escritas sobre el vendaje de su mano derecha: O.D.C. Tres letras que para muchos pasaron desapercibidas durante los 90 minutos, pero que escondían un mensaje de muchísimo valor para el protagonista y su familia.
Orden. Disciplina. Concentración.
Tres palabras que llegaron desde un lugar mucho más cercano que una charla táctica. Tres conceptos que forman parte de un mensaje especial de su abuelo “Yeyo”, plasmado en una carta publicada en la sección “Cartas para despegar” de La Tribuna, y que acompañaron al futbolista en una de las noches más importantes de su carrera. Una suerte de mantra de vida para encarar los desafíos bajo estos tres conceptos.

El detalle tomó todavía más fuerza por el contexto. Días antes, el nombre de Galarza había aparecido en medio de cuestionamientos sobre su estado anímico. Se hablaba de un jugador que no estaba completamente motivado, de dudas sobre su presente y de cómo enfrentaba el desafío de un Mundial.
La respuesta no llegó con palabras. Llegó con acciones en una cancha.
Ante Turquía, Galarza fue elegido para ir desde el vamos y respondió de la manera que más conoce un futbolista paraguayo: con garra y corazón. Corrió, presionó, peleó cada pelota y terminó siendo protagonista absoluto cuando apareció en el momento indicado.
Paraguay necesitaba una reacción después de un debut complicado. La Albirroja encontró una oportunidad en el amanecer del encuentro y Galarza estuvo ahí. Convirtió el único gol del compromiso y desató el festejo guaraní en el estadio y, también, en la fría y lluviosa madrugada paraguaya de sábado en la que nadie durmió.
Ese gol significó tres puntos, pero detrás del tanto estaba el mensaje y al conocerlo entendimos la determinación que tuvo Mati para sacar ese sablazo que abrazó las redes del arco otomano.
Mientras miles de paraguayos celebraban en las tribunas, aquel vendaje dejó de ser solamente una protección física. Se convirtió en un símbolo de preparación, de valores y de todo aquello que muchas veces sostiene a un jugador cuando la presión aumenta. Mirarlo en los momentos complicados es volver a motivarse, como un combustible para el alma y energía para el cuerpo.
Detrás de cada futbolista hay una historia que no siempre se ve; el fin de semana conocimos la de Galarza. Una que habla de una conexión plena y eterna con su abuelo, su hincha más fanático que lo acompañó en cada etapa de su carrera futbolística y hoy disfruta que su nieto sea figura en un partido de un Mundial con la gloriosa camiseta albirroja. Sus palabras que quedaron guardadas y sus enseñanzas aparecieron justo cuando más se necesitaban; siempre cerca, siempre presente, en la palma de su mano derecha.
Matías Galarza llevó a un Mundial una frase de su abuelo. Y el destino quiso que esas tres letras estuvieran presentes en una noche inolvidable; Paraguay ganó, él marcó y la Albirroja recuperó la confianza. Además, sin querer, contó su “secreto” al mundo, al menos, fue visible para aquellos que estuvieron atentos a los detalles.
Orden, disciplina y concentración. El mensaje estaba escrito en su mano. La respuesta quedó escrita en la historia.


