Ciencia y Tecnología

Premian a creadores del sistema que blinda móviles y datos globales

La criptografía suele ser invisible para el gran público, pero sostiene casi todo lo que hoy entendemos por vida digital. En la XVIII edición del Pre…

| Por La Tribuna
Premio Fronteras a los creadores del algoritmo que protege millones de dispositivos conectados en todo el mundo.

La criptografía suele ser invisible para el gran público, pero sostiene casi todo lo que hoy entendemos por vida digital. En la XVIII edición del Premio Fronteras del Conocimiento en Tecnologías de la Información y la Comunicación, el jurado ha reconocido a los ingenieros belgas Joan Daemen y Vincent Rijmen por haber diseñado tecnologías criptográficas que, en palabras del acta, “sustentan la era digital actual” al garantizar la seguridad de “millones de dispositivos conectados en todo el mundo”.

El mérito no es menor, ya que su trabajo se convirtió en la columna vertebral del cifrado moderno y, con ello, en una infraestructura esencial para la privacidad, la economía y la confianza en internet. El punto de inflexión llegó en 1997, cuando ambos investigadores desarrollaron un algoritmo al que bautizaron Rijndael (un acrónimo formado a partir de sus apellidos). Años después, esa propuesta —concebida con una “profunda investigación sobre los fundamentos matemáticos y algorítmicos de la criptografía”, según el jurado— pasó de ser un avance académico a un estándar de alcance mundial.

Hoy, su diseño está detrás de la protección de páginas web, ordenadores portátiles, teléfonos móviles, conexiones wifi, tarjetas bancarias y almacenamiento de datos en la nube, entre muchas otras aplicaciones. El acta subraya que, a lo largo de los últimos 25 años, este sistema criptográfico “se ha convertido en una parte intrínseca de la vida cotidiana” en la sociedad global del siglo XXI.

La razón es simple. Rijndael hace posible que la información sensible viaje —y se almacene— sin quedar expuesta. El jurado lo resume con una imagen contundente: “nuestro dinero permanece en nuestras cuentas bancarias, nuestros historiales médicos siguen siendo privados y nuestros mensajes solo llegan a las personas a las que queremos enviarlos”. En un mundo donde el delito informático busca precisamente explotar la debilidad de las comunicaciones, esa garantía se traduce en estabilidad económica, confidencialidad sanitaria y libertad personal.

El reconocimiento también pone el foco en una decisión clave de los premiados: mantener el algoritmo como código abierto. Esa apuesta por la transparencia no solo facilitó la estandarización global, sino que permitió a la comunidad criptográfica examinar el sistema de manera continua, ponerlo a prueba y buscar vulnerabilidades. Que un método central para la seguridad digital sea público —y, por tanto, auditable— refuerza la confianza; se enseña en cursos de seguridad informática en todo el mundo y su robustez no depende del secretismo, sino de la solidez matemática.

El contexto histórico explica parte del impacto. A comienzos de los años noventa, los sistemas de cifrado usados para proteger información confidencial mostraban debilidades crecientes. El Data Encryption Standard (DES), promovido por el Instituto Nacional de Estándares y Tecnología (NIST) de Estados Unidos, empezaba a considerarse insuficiente. Ante ello, el NIST impulsó un concurso para hallar un nuevo algoritmo más rápido y robusto que pudiera convertirse en estándar. Daemen y Rijmen, cuyos doctorados se centraban precisamente en los fundamentos matemáticos de la criptografía, estaban en el lugar y el momento adecuados para convertir la investigación de frontera en una solución práctica. Tras años de escrutinio y pruebas, Rijndael ganó la competición. En 2001 fue adoptado como estándar estadounidense de cifrado de datos, el Advanced Encryption Standard (AES). En 2005, el AES fue adoptado como estándar internacional.

A día de hoy, el diseño ha resistido un examen constante. Investigadores de todo el mundo han intentado encontrar debilidades durante más de dos décadas, con un incentivo claro: romper un estándar es una forma rápida de ganar prestigio en criptografía. Sin embargo, el consenso recogido por especialistas es que el algoritmo ha aguantado con notable solidez, lo que explica su permanencia como herramienta central para proteger teléfonos, transacciones y comunicaciones.

El futuro, no obstante, exige nuevas defensas. Rijndael ha demostrado ser seguro incluso frente a un ordenador cuántico lo bastante potente, pero los galardonados advierten que el gran cambio afectará a otra familia de técnicas: la criptografía de clave pública, crucial para tareas como la firma digital de documentos. En paralelo, ambos trabajan en perfeccionar la seguridad de los dispositivos que ejecutan AES frente a amenazas más sutiles; los llamados ataques de canal lateral, que no atacan la matemática del cifrado, sino su implementación física. Como ha explicado Rijmen, las operaciones se realizan en chips que consumen energía y generan calor; si alguien mide esas señales con suficiente precisión, puede inferir información que facilite el ataque. Su línea de trabajo busca que el tiempo de cómputo, la potencia consumida o el calor emitido sean constantes —o, al menos, que sus variaciones no revelen la clave secreta.

Daemen, por su parte, se centra en reducir el consumo energético del cifrado, un requisito cada vez más crítico en un ecosistema dominado por dispositivos pequeños y conectados. Con la explosión de datos, cifrar grandes volúmenes por segundo implica controlar el calor generado; y, en el extremo opuesto, minimizar consumo es decisivo para sistemas alimentados por batería. El ejemplo que suele ilustrar esta necesidad es tan cotidiano como sensible: un marcapasos capaz de comunicarse con el exterior debe estar protegido criptográficamente para evitar que alguien lo intervenga a distancia.

El premio reconoce, en suma, un logro excepcional: convertir la teoría matemática rigurosa en una tecnología global que protege a miles de millones de personas. Daemen y Rijmen no solo diseñaron un algoritmo, sino que ayudaron a definir el estándar de confianza sobre el que se apoya la seguridad del mundo digital.

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