Ciencia y Tecnología

La IA y las redes sociales “tienen los mismos valores”

La inteligencia artificial generativa no avanza solo por innovación: también por decisiones corporativas, inversión y una narrativa de “misión” que b…

| Por La Tribuna

La inteligencia artificial generativa no avanza solo por innovación: también por decisiones corporativas, inversión y una narrativa de “misión” que busca legitimidad. Esa fue la tesis de la periodista investigativa estadounidense Karen Hao, invitada al Hay Festival de Jericó, donde puso el foco en lo menos visible del boom: consumo de recursos, tercerización de tareas y concentración de poder.

En diálogo con El Colombiano, Hao —autora de El imperio de la IA: Sam Altman y su carrera por dominar al mundo— recordó que empezó a cubrir el tema en 2017-2018, cuando aún no era tendencia. Desde entonces, dijo, la clave es entender la IA con su impacto social y político: puede “reorganizar” relaciones de poder y sistemas financieros.

Para dimensionar la infraestructura, en su charla en el Museo de Arte Religioso de Jericó comparó la escala energética de complejos vinculados a OpenAI con la de Medellín. Añadió que parte del trabajo menos visible de la industria —etiquetar datos, moderación y limpieza de bases de entrenamiento— se hace en países con crisis sociales, donde el costo laboral es menor.

Hao trazó un paralelo con la historia de las plataformas digitales. “La IA es muy similar a las redes sociales”, afirmó: primero se vende como un producto “divertido” y después aparecen consecuencias. En su argumento, no es casual: quienes impulsan la IA son, en gran medida, los mismos actores que construyeron el ecosistema de redes. Citó el giro de Meta hacia la IA y el pasado inversor de Sam Altman en Silicon Valley.

En ese marco, describió a las grandes firmas de IA como nuevas formas de “imperio”. Para seguir avanzando, sostuvo, necesitan acumular “más tierra, más energía, más agua” para construir la siguiente generación de modelos. Y ahí aparece el componente casi religioso: la promesa de una futura “inteligencia general artificial” que resolvería los problemas del mundo, a cambio de permitir que unos pocos controlen recursos clave.

Según Hao, esa ruta no es inevitable. Recordó que existían líneas para entrenar modelos con menos gasto energético, además de enfoques como la IA simbólica. También citó el caso de DeepSeek como muestra de que combinar técnicas ya conocidas puede producir modelos capaces con mayor eficiencia.

El debate económico también atraviesa la conversación. En un despacho fechado en Londres el 27 de enero (Prensa Latina), se reseñó una entrevista de Hao con BBC Mundo: allí advirtió que muchas empresas de IA “no tienen plan de negocio o sustancia real” para sostener su valor, y que una caída bursátil tendría efectos enormes. Aun así, se declaró optimista: “Si no fuese optimista, no investigaría y criticaría a estas compañías. Creo que el mundo puede ser mejor”, citó la publicación.

Prensa Latina también recogió el énfasis de Hao en la opacidad: cuanto menos sepa el público, más fácil es “manipular” el relato sobre la IA. En la entrevista con BBC Mundo, según ese despacho, cuestionó el ecosistema académico: en la última década muchos investigadores han sido financiados por las propias compañías del sector. Lo comparó con el clima: si la mayoría de científicos climáticos dependieran de petroleras, el diagnóstico sería menos confiable.

Además, pidió desconfiar por igual según el origen de los modelos. Así como existe sospecha automática ante tecnologías chinas, llamó a mirar con la misma cautela a firmas estadounidenses que, dijo, operan con lógicas “tecno-autoritarias”. Y alertó sobre la narrativa “ellos o nosotros”: el argumento de que regular implicaría perder ventaja frente a rivales, un guion que —según Hao— ya funcionó en la era de las redes sociales y hoy reaparece con la IA.

En Jericó, Hao bajó la discusión a un detalle: el “salto” de OpenAI hacia un negocio también se notó en el mobiliario. Dijo que comparó, mediante una búsqueda de imágenes en Google, el precio de dos sillas: una costaba cerca de 2.000 dólares y otra, tras la inversión posterior de Microsoft, rondaba los 10.000.

Cerró con una advertencia para el periodismo: escribir para agradar a los algoritmos. A su juicio, adaptar redacciones para “ser consumidas” por IA es perder el objetivo. “No escribimos para los algoritmos… escribimos para el público”, sostuvo ante El Colombiano. En un entorno dominado por chatbots, su receta es volver a escuchar a los lectores.

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