Ciencia y Tecnología

Aburrirse, o el vacío mental, impulsala creatividad y la salud emocional

La Tribuna. En una época dominada por notificaciones, pantallas y contenidos infinitos, el aburrimiento se ha convertido casi en un enemigo público. …

| Por La Tribuna
Agregar La Tribuna en
Arthur C. Brooks recomienda ayunos digitales, evitar el teléfono en las comidas y no dormir con dispositivos para mejorar el bienestar (YouTube: Harvard Business Review y Dr. Arthur Brooks)

La Tribuna. En una época dominada por notificaciones, pantallas y contenidos infinitos, el aburrimiento se ha convertido casi en un enemigo público. Hacer “nada” parece un lujo o un fracaso. Sin embargo, cada vez más filósofos, psicólogos y expertos en bienestar coinciden en algo incómodo de aceptar: necesitamos aburrirnos para vivir mejor.

Durante décadas, el tedio fue visto como sinónimo de falta de ambición o de vidas poco interesantes. Pero pensadores como Bertrand Russell ya advertían, en 1930, que una generación incapaz de soportar el aburrimiento sería “una generación de gente pequeña”. Hoy, investigadores de universidades como Harvard retoman esa idea con respaldo científico: el aburrimiento no solo no es un defecto, sino que puede ser un motor de creatividad, salud mental y sentido de propósito.

Arthur C. Brooks, profesor de Harvard y especialista en bienestar, sostiene que esos momentos en los que no pasa “nada” son clave para recuperar el equilibrio emocional. Cuando dejamos el celular a un lado, explica, se activa en el cerebro la llamada “red de modo predeterminado”, un sistema que entra en funcionamiento cuando no estamos ocupados en tareas concretas. Es ahí donde procesamos emociones, recordamos, conectamos ideas y nos preguntamos qué queremos de verdad.

El problema es que casi nunca dejamos que esa red se encienda. Ante la mínima señal de pausa —en la fila del súper, en el colectivo, antes de dormir— la mano va sola al teléfono. Lo que parece un gesto inocente es, para muchos especialistas, el síntoma de una hiperconexión que nos impide estar a solas con nuestros pensamientos. Si cada vez que nos aburrimos abrimos una app, desplazamos la posibilidad de pensar en lo que nos incomoda, lo que nos duele o lo que queremos cambiar.

La ciencia muestra hasta qué punto nos cuesta tolerar el vacío. En un experimento famoso, a algunas personas se les pidió pasar 15 minutos en una habitación sin hacer nada, salvo la opción de apretar un botón que les daba una pequeña descarga eléctrica. Una mayoría prefirió recibir descargas antes que quedarse a solas con su mente. Brooks lo resume así: el aburrimiento nos confronta con preguntas existenciales —“¿qué estoy haciendo con mi vida?”— que tendemos a esquivar con ruido y distracciones.

Pero, paradójicamente, huir todo el tiempo del aburrimiento nos deja peor. Varios estudios asocian la ausencia de momentos de reflexión con más estrés, ansiedad y sensación de vacío. La dopamina que ofrecen las redes sociales, los videos cortos y las notificaciones crea un círculo vicioso: cuanto más usamos el celular para escapar del tedio, menos lo toleramos; y cuanto menos lo toleramos, más dependemos de la pantalla.

No se trata de demonizar la tecnología, sino de recuperar el control. Brooks propone “practicar” el aburrimiento de manera deliberada. Por ejemplo, hacer trayectos cortos sin teléfono ni auriculares, entrenar en el gimnasio sin música ni podcast, o dejar el celular fuera del dormitorio. También sugiere pequeños “ayunos digitales”: períodos sin redes sociales, aunque sea por unas horas, para bajar la urgencia de mirar la pantalla cada pocos minutos.

Otros expertos en estudios del aburrimiento añaden que estos momentos de aparente vacío pueden ayudarnos a detectar qué actividades ya no tienen sentido para nosotros, qué relaciones nos desgastan o qué cambios venimos postergando. El tedio funciona como una señal neutra: indica que algo no nos involucra, pero no dice qué hacer. Esa decisión, subrayan, es totalmente nuestra.

Aceptar unos minutos de inactividad al día no va a resolver todos los problemas, pero puede abrir una grieta en la rutina automática. Sin el refugio instantáneo del teléfono, aparecen ideas nuevas, recuerdos olvidados, deseos que no habíamos escuchado. Lo que parece “perder el tiempo” puede convertirse, con el hábito, en un espacio de ajuste fino: qué quiero, qué no, qué estoy dispuesto a cambiar.

En definitiva, el aburrimiento no es el villano de esta historia. Es más bien un mensajero incómodo que intentamos silenciar con scroll infinito. Permitir que aparezca —aunque sea unos minutos al día— puede ser el primer paso para una vida menos reactiva, más consciente y, quizá, mucho más creativa.

También te puede interesar

Últimas noticias