“El Paraguay amaneció más pobre hoy con la desaparición de uno de los más grandes exponentes de la cultura campesina”, nos decía ayer a la mañana el cantante Ricardo Flecha. En efecto, la de la víspera fue una jornada de luto con el fallecimiento del cantante y compositor Quemil Yambay.
Don Quemil partió en las primeras horas del miércoles 14, a los 87 años. Estaba internado desde el 30 de diciembre, debido a un accidente cerebrovascular que había sufrido. A partir de las 8:30 se habilitó el velorio en la que fuera su residencia en la calle Guarania, en Fernando de la Mora, donde la gente empezó a llegar muy temprano.
En el momento en que arribamos, ya había varias coronas y familiares y amigos estaban acompañando a los deudos de Quemil en esas horas difíciles. Una banda militar se había presentado para expresar su homenaje al gran cantante. Los sones de la polca de Guaraní sonaron bastante, ya que Yambay era fanático del aurinegro. En su juventud, llegó a jugar a fútbol, pero debido a su aguda miopía (que ya en su madurez se convirtió en ceguera) no pudo dedicarse a la pelota. Entonces, optó por la música, su otra gran pasión.
Por expreso deseo de Quemil Yambay, varias bandas actuaron en el velorio, incluso a la tarde se esperaba a la murga del club Guaraní.
Junto al féretro estaban su poncho y las bandas de Guaraní. Un gran cartel presidía el lugar con su foto y la frase: “Tu legado vivirá por siempre en cada ave que canta, en cada risa de amigos y en cada artista que interpreta tu canción”.
Su hijo Chayan lo describió como una persona sencilla que tenía su rutina como cualquier ciudadano, que se cuidaba en la alimentación y que le gustaba compartir con sus amigos y familiares, y, de vez en cuando, pegarse una escapada a su tierra natal, Santa Elena, en el departamento de Cordillera. “Siempre fue una persona muy genuina, con una personalidad muy propia”, acotó Chayan, compañero de escenario de su padre desde muy joven.
Su hija Hilda compartió los duros momentos de internación de don Quemil. Pasaron el Año Nuevo en terapia intensiva. Permitieron a los familiares pasar con él ese cambio de año, con la esperanza de que vaya mejorando. Con mucha emoción, Hilda describió que su padre seguía luchando por vivir, pero el martes ya empezó a decaer. “Papá era alguien alegre, carismático a más no poder y con el corazón noble. Me enseñó a ser una mujer muy fuerte, pero no me enseñó a estar sin él. No sé qué voy a hacer, pero seguramente él me va a ayudar. Cuando llegamos aquí a las dos de la mañana, había un pájaro cantando y yo dije que era papá. Solo podía ser él. ¡Cómo un pájaro va a estar cantando a esa hora!”, enfatizó Hilda.











