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El cineasta húngaro Béla Tarr dejó que sus películas sigan hablando

Este mes, la cinematografía mundial ha perdido a uno de sus creadores más incisivos de los últimos cuarenta años: el húngaro Béla Tarr, quien en 2011…

| Por La Tribuna-
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Este mes, la cinematografía mundial ha perdido a uno de sus creadores más incisivos de los últimos cuarenta años: el húngaro Béla Tarr, quien en 2011, al culminar su película “El caballo de Turín”, sintió que ya había dicho todo lo que tenía que decir en el cine y dejó de filmar.

Sin embargo, aunque pasaron quince años de ese silencio, los filmes de Tarr se han mantenido vigentes, provocando interrogantes desde cada proyección. El año pasado volvió a aparecer en las notas de prensa al ser premiado con el Nobel de Literatura su compatriota László Krasznahorkai, ya que adaptó al cine varias de sus obras, a partir de 1988 cuando estrenó “La condena”. Fruto de esa colaboración fueron también “Armonías de Werkmeister” (2000), la adaptación de la novela “La melancolía de la resistencia”, y “Tango Satánico” (1994), basada en la novela del mismo nombre, un filme de más de siete horas de duración y que muchos consideran su obra maestra.

Tarr falleció el martes 6 a la edad de 70 años, según informó el director Bence Fliegauf a la agencia de noticias MTI en nombre de la familia.

Tarr, nacido el 21 de julio de 1955 en la ciudad de Pécs, comenzó su carrera como aficionado, y en 1977 empezó sus estudios de dirección en la Escuela Superior de Teatro y Cine de Hungría, mientras que posteriormente, en los años 1980, trabajó en la empresa de cine estatal Mafilm.

Conocido por sus largometrajes en blanco y negro, Tarr se interesó primero por análisis muy gráficos y dramáticos de la sociedad, y, más tarde, exploró la realidad angustiante y metafísica. Su obra fue comparada a la del italiano Michelangelo Antonioni y el ruso Andréi Tarkovski.

Tarr aseguró que no creía "en la honestidad ni en la autenticidad del cine de Hollywood", y afirmó que en las pantallas "se debe representar personas reales, de una manera honesta y sincera".

Durante su carrera fue galardonado con premios como el Oso de Plata en Berlín (2011) por “El caballo de Turín”, o el Premio a la Trayectoria Profesional del Festival Internacional de Cine de Tokio (2024).

Después de “El caballo de Turín”, Tarr se retiró de la dirección, aunque siguió colaborando con entidades de teatro independientes.

La película parte de una anécdota según la cual Friedrich Nietzsche estaba caminando por las calles de Turín y ve a un viejo cochero golpear brutalmente a su caballo. Nietzsche se interpone entre el cochero y el animal. Poco después será internado en un psiquiátrico y no volverá a hablar jamás. Es como si el mundo se volviera inhabitable tras el choque con una escena que no logró asimilar. Sin embargo, la película no sigue al filósofo sino que se concentra en el caballo, el cochero y su hija, en esas vidas anónimas ligadas al trabajo, al desgaste y a la intemperie. Lo que para Nietzsche ocurre en el interior de la conciencia, para el cochero ocurre de manera material. Vista en retrospectiva, la golpiza al animal pierde todo rasgo de irracionalidad. Es el gesto desesperado de alguien enfrentado a un mundo aplastante. La violencia irrumpe como síntoma de una extinción en curso.

Mientras el silencio de Nietzsche es la consecuencia de un colapso irremediable, el de Tarr nació de una decisión: es la forma que encuentra para asumir que ese mundo, reducido a una tierra baldía, ya no puede seguir siendo narrado, solo callado.

En marzo de este año, Tarr recibió el Premio Honorífico 2025 del D'A-Festival de Cine de Barcelona. El director de ECIB-Escuela de Cine de Barcelona, Pere Alberó, que le entregó esa distinción, aseguró en aquel momento que el húngaro era el "cineasta vivo más importante del momento", y dijo que su obra seguía siendo "un misterio".

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