El cine amaneció este domingo con una noticia que, para el periodista y crítico de arte Armando Rubín en exclusiva para La Tribuna, sintetiza una despedida colectiva: “Me pone muy triste, yo diría que el mundo del cine está de duelo con el fallecimiento de Brigitte Bardot”. La Fundación Brigitte Bardot confirmó la muerte de su fundadora a los 91 años.
Rubín la ubica en una constelación irrepetible: “la única actriz en el mundo únicamente comparada con Marilyn Monroe… se la conoce por BB… Marilyn Monroe, M.M.”. En ese espejo, no solo pesa el magnetismo; pesa también el modo en que ambas encarnaron una idea de libertad femenina que el cine vendía, el público deseaba y la prensa perseguía. “Y nos queda Sofía Loren que tiene la misma edad”, agrega, como si el calendario estuviera tachando, una a una, las últimas leyendas vivas.
La biografía de Bardot, recuerda Rubín, ya era un relato en sí mismo: “Se llamaba realmente Brigitte Anne-Marie Bardot… actriz, cantante, también escritora… que a los 39 años se retiró del espectáculo y de todos los medios”. Ese retiro —decidido en 1973— fue un gesto radical en una industria que rara vez permite a sus ídolos bajarse del pedestal por voluntad propia.
Para entender el origen del mito, Rubín vuelve a la película bisagra: “recuerdo una en especial… ‘Y Dios creó a la mujer’, dirigida por… Roger Vadim”. Estrenada en 1956, el film no solo la lanzó al estrellato: consolidó una figura que desarmaba códigos morales en pantalla y, al mismo tiempo, imponía un estilo de sensualidad “simple” que se volvió moda. Desde allí, Bardot filmó cerca de medio centenar de títulos —incluido El desprecio— y convirtió su presencia en signo cultural.
Rubín repasa su dimensión con cifras que hablan de impacto: “hizo 47 películas, grabó más de 60 canciones” y recuerda un gesto de resistencia al protocolo: “fue galardonada con la Legión de Honor en 1985, pero se negó a aceptarla”. Fama, sí, pero también una relación tirante con cualquier forma de consagración oficial.
El hilo que elige para leer su segunda vida, sin embargo, es el activismo: “siendo aún… un ícono de la moda… porque se convirtió en activista de los derechos de animales, fundadora y presidenta de la fundación que lleva su nombre”. La Bardot de La Madrague, rodeada de animales y lejos de cámaras, reemplazó al sex symbol por una militante que hizo de la compasión una causa.
En esa mezcla de mito y aspereza aparece el costado polémico. Rubín lo menciona sin rodeos: “hubo una controversia al criticar la inmigración y el Islam… y le multaron… cuatro o cinco veces… por incitar al odio racial”. Su figura queda atravesada por una tensión contemporánea: la admiración por una obra y la incomodidad ante ciertas ideas.
Antes de cerrar, Rubín deja una recomendación para nuevas generaciones: “hay una plataforma que está exhibiendo… ‘Bardot’, una serie… que refleja nada más que una parte de su vida”. Y concluye con una frase que suena a epitafio: “se fue una grande”.

