Arte y Cultura

La película paraguaya “Timoteo” se estrenará el año próximo

Hay películas que, sin proponérselo, terminan funcionando como un espejo. “Timoteo” es una de ellas. Desde una historia mínima, anclada en un barrio …

| Por La Tribuna
Osvaldo Ortiz Faiman (en el centro) en un momento del rodaje de “Timoteo”, una historia de barrio protagonizada por adultos mayores.

Hay películas que, sin proponérselo, terminan funcionando como un espejo. “Timoteo” es una de ellas. Desde una historia mínima, anclada en un barrio tradicional de Asunción, la película construye un relato que dialoga con la memoria, la fe, la vejez y los vínculos comunitarios, sin solemnidad ni golpes bajos.

Con un tono que combina comedia, ironía y un leve desvío hacia el absurdo, el film dirigido por Osvaldo Ortiz Faiman apuesta a una mirada profundamente local que, paradójicamente, logra resonar de forma universal.

El estreno está previsto para los primeros meses del año, con distribución internacional. Actualmente, “Timoteo” atraviesa su etapa final de postproducción. Con el montaje prácticamente cerrado, el equipo trabaja en sonido, color y detalles técnicos.

La historia transcurre en Sajonia, un barrio que todavía conserva gestos y costumbres de otra época. Allí vive doña Porota, una mujer de sesenta años que cuida a su marido Atilio, postrado por una esclerosis múltiple, y convive con Rufo, el perro de toda la vida. Su mundo cotidiano se completa con dos amigas inseparables: doña Chiquita, viuda y dueña de un loro famoso por gritar groserías a los vecinos, y doña Nena, soltera, devota y de una bondad casi excesiva. El equilibrio frágil de ese universo se rompe cuando Rufo aparece con el loro Timoteo en la boca, aparentemente muerto. A partir de ese hecho, se desencadenan una serie de decisiones desesperadas, planes improvisados y explicaciones tan insólitas como humanas.

Detrás de esta premisa hay un origen tan simple como potente. Ortiz Faiman cuenta que la idea de Timoteo nace de una anécdota real que escuchó hace muchos años. Esa historia fue primero un cortometraje, escrito durante un taller de dirección, que tuvo una circulación inesperada: premios, festivales, viajes. Ese recorrido fue el disparador para imaginar qué pasaba después, cómo podía crecer ese pequeño universo y transformarse en un largometraje. Así comenzó un proceso largo, paciente y por momentos incierto.

Uno de los rasgos más singulares de la película es la elección de sus protagonistas: tres mujeres mayores. No es un gesto casual ni una decisión oportunista. Tanto Osvaldo como su esposa, quien trabajó con él en el guion, se criaron con sus abuelas. Ese vínculo atraviesa la película de forma orgánica. Las protagonistas no están idealizadas ni convertidas en figuras decorativas. Son personajes complejos, con convicciones firmes, contradicciones evidentes y una forma muy particular de entender el mundo, la religión y la muerte.

El camino hacia el rodaje no fue sencillo. El proyecto obtuvo apoyo de Ibermedia en 2019, justo antes de la pandemia. Con una historia protagonizada por personas mayores, filmar se volvió imposible durante meses. Hubo que esperar, reorganizar tiempos, asegurar condiciones sanitarias y retomar la financiación. Finalmente, el proyecto se sostuvo gracias a una combinación de fondos internacionales, coproducción argentina, aportes privados y el respaldo del INAP. Desde el inicio, el equipo tuvo claro que no se trataba de una película de nicho, sino de una obra pensada para el público amplio.

El rodaje, sin embargo, fue sorprendentemente fluido. Veintiséis días de filmación, casi sin horas extras y con un equipo sólido y comprometido. Ortiz Faiman recuerda ese periodo con especial cariño, no solo por la eficiencia, sino por el vínculo con los barrios y la gente que participó como extras o colaboró en las locaciones. Hubo incluso situaciones que rozaron la ficción: un actor caracterizado como enviado del Vaticano generó tal verosimilitud que los vecinos lo saludaban con reverencia, convencidos de que se trataba de una autoridad real.

En cuanto al tono, Timoteo se mueve entre la comedia irónica y el drama absurdo. Las referencias del director van desde Álex de la Iglesia hasta Luis Estrada, pero siempre con la intención de imprimirle un sello propio, un “sabor paraguayo”. La película habla de religión, política, barrio, vejez y fe popular, sin subrayados ni discursos explícitos. Todo aparece integrado en situaciones que resultan tan disparatadas como reconocibles.

Las pruebas de público confirmaron esa intuición. Proyecciones con espectadores al azar, funciones sin final y encuestas posteriores arrojaron una respuesta muy positiva. La gente se ríe, se involucra, imagina finales posibles. Niños, jóvenes y adultos mayores se conectan con la historia desde lugares distintos, pero con una misma cercanía emocional.

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