La chispa se encendió hace casi veinte años. En ese momento, la idea quedó flotando, medio guardada en un cajón —porque el país no tenía ni la infraestructura ni los equipos—, pero la necesidad ya estaba ahí. “Fuera de Asunción, Encarnación o Ciudad del Este, no hay dónde ver cine”, repite Rafael Kohan, uno de los impulsores del proyecto; y lo dice con una mezcla de tristeza y convicción, como quien señala una herida vieja.
Con el tiempo, y después de muchos tropiezos técnicos, la idea volvió a respirar. Hace un año y medio se armó finalmente un equipo: gente con ganas, una pantalla inflable, un carrito lleno de cables y una camioneta dispuesta a comerse kilómetros, y listo. A rodar.
Lo que hace Ñandecine es simple y enorme a la vez: lleva cine paraguayo a donde nunca llegó. Plazas, colegios, explanadas, playas de río, municipalidades. Lo que haya. Donde haya gente. No importa si el piso es de tierra o si hay que enchufar en la casa del vecino. Lo central es que, por unas horas, la comunidad tenga cine. Cine nuestro.
Rafael lo explica así, sin vueltas: “La película paraguaya se tiene que ver acá”. Y uno siente que ahí está el corazón del proyecto. Porque siempre pasa lo mismo: se hacen las películas, se las manda afuera, se comparten los premios, y listo. Pero el público que realmente debería verlas —el vecino, el compa, el chico de colegio que nunca pisó una sala— queda afuera de la ecuación. Ñande Cine viene a tapar ese agujero.
Lo más lindo de todo es el impacto. Y acá Rafael se ablanda. Habla de señoras que responden en guaraní cuando él hace preguntas en español. De tipos que llevan su silla plegable, su tereré, su manta. De parejas que miran la película mientras el hijo juega en el pasto al lado. De alguien que, con los ojos brillosos, le dijo: “Yo nunca vi algo así. Nunca fui al cine”.
Esa frase, contada al paso, te deja pensando. Que haya alguien —no uno: muchos— que llegue a la adultez sin haber visto una película en pantalla grande te muestra la magnitud del proyecto. No es simplemente “pasar pelis”. Es crear público. Generar curiosidad. Encender una conversación sobre cine paraguayo en lugares donde, de otro modo, jamás ocurriría.
Las funciones no se eligen al azar. Tienen un catálogo del INAP, otro propio, y siempre evalúan qué funciona en cada comunidad. A veces llevan comedias; otras, documentales; otras, lo que la gente pide directamente. Sí, porque ya pasa: en algunos pueblos dicen “queremos ver tal película”. Y eso, para un país que recién está armando una preindustria audiovisual es oro puro.
Rafael cuenta que muchas veces, mientras viajan de madrugada con la camioneta y el carrito atrás, se preguntan qué están haciendo. ¿Vale la pena esto? ¿El gasto, el esfuerzo, el tiempo lejos de la familia? Pero la duda dura poco. Porque después viene el silencio respetuoso durante la proyección, los aplausos tímidos, la emoción, las fotos compartidas en redes. Y ahí recuerdan que sí, que vale completamente la pena.
Ñandecine no es solamente cine en la plaza. Es pertenencia. Es comunidad. Es verse reflejado. Es un país entero encontrándose en una pantalla que, por fin, llega hasta su puerta.
Y eso, en serio, no tiene precio.


