Arte y Cultura

“El Resplandor”, un regreso al laberinto de la mente humana

Hay películas que vuelven cada tanto, como esos recuerdos que uno no puede soltar aunque pasen los años. “El Resplandor” es una de esas. Da igual cuá…

| Por Hernán Moyano
Jack Nicholson y Stanley Kubrick en una pausa del rodaje de la película “El resplandor”.

Hay películas que vuelven cada tanto, como esos recuerdos que uno no puede soltar aunque pasen los años. “El Resplandor” es una de esas. Da igual cuántas veces la veas: siempre queda algo sin resolver. Algo raro, incómodo y a la vez hipnótico. Yo creo que ahí está el secreto de por qué muchos —y me incluyo — la ponen al nivel de “El exorcista” cuando hablamos de las mejores películas de terror de la historia.

A cuarenta y cinco años de su estreno, Cinemark nos da la oportunidad de redescubrirla —o verla por primera vez— para quienes todavía no entienden del todo por qué hay tanto revuelo alrededor de este clásico inoxidable del cine de horror.

Porque “El Resplandor” no es solo una película: es un lugar. Un estado mental. Una sensación que vuelve.

Hablemos simple, sin vueltas. Con “El exorcista” sabés que lo que te espera es puro pánico visceral: posesión, fe, oscuridad. Te golpea de frente. Kubrick, en cambio, juega otro partido. Te mete en un hotel gigante, hermoso, brillante… y empieza a apretarte despacio. Ni siquiera sabés de dónde viene el miedo. Y cuando querés acordar, ya estás atrapado.

Lo más destacado es que Kubrick no necesitó monstruos. Ni sobresaltos baratos. El horror está en lo cotidiano: un padre que se derrumba, una familia que se deshace, un nenito que siente cosas que no debería sentir nunca un nene. El terror real. El que se te mete debajo de la piel.

Y ahí es donde empieza a ganar, para mí. Porque “El Resplandor” usa lo sobrenatural como excusa. Lo importante, lo que realmente da miedo, es lo otro: la violencia que se cocina en silencio, las cosas que pasan puertas adentro, ese punto en el que alguien que conocés se empieza a deformar. Y no sabés si el monstruo es el hotel… o si ya venía de antes.

Stephen King lo dijo mil veces: no le gustó la versión de Kubrick. Pero ¿quién puede competir con esa mirada gélida? Kubrick se apropia de la historia y la convierte en algo suyo, seco, elegante, casi matemático. Y, sin embargo, profundamente emocional.

Además, hay algo que siempre me impactó: “El Resplandor” se vuelve más terrorífica cuanto más grande sos. De chico, te asustan las gemelas, el hacha, la sangre. De grande, te asusta otra cosa: el aislamiento, la frustración, la sensación de que el tiempo se estira hasta romperte. El laberinto ya no es solo el de afuera; es el de adentro.

La cámara es un personaje más. Ese movimiento suave, flotado, como si algo —o alguien— te estuviera siguiendo todo el tiempo. Esa música está a medio camino entre un ritual y un mal sueño. No sabés qué esperar y eso te pone aún más nervioso.

Pero si “El Resplandor” llega tan hondo es por él: Jack Nicholson. Lo ves entrar al Overlook con una sonrisa un poco torcida, casi simpática, y ya sabés que hay algo mal. Muy mal. Y después, explota; y lo peor es que esa transformación no parece ficción. Parece alguien real rompiéndose frente a vos.

Y, sin embargo, entre tanta oscuridad, “El Resplandor” tiene humor. Uno extraño, incómodo, casi cruel. Kubrick se ríe del género mientras lo eleva.

La película no te explica nada. Nunca. Y eso la vuelve infinita. Unos ven abuso. Otros ven política. Otros ven fantasmas. Otros ven la culpa americana. No importa: el Overlook tiene espacio para todas las teorías. Y para todas las épocas.

Quizás por eso, cuarenta y cinco años después todavía hablamos de “El Resplandor” como si fuera nueva. Como si siguiera cambiando. Como si pudiera respirar.

Y sí, será exagerado, pero para mí —y para muchos— “El Resplandor” y “El exorcista” son los dos pilares del terror moderno. Una te rompe por la fe. La otra, por la mente. Y entre las dos reparten casi todos nuestros miedos.

Al final, creo que lo que más asusta de “El Resplandor” es lo que intuimos: que ese hotel podría existir. Que ese encierro podría ser el nuestro. Que ese Jack podría ser alguien que conocemos. O, peor, alguien que podríamos llegar a ser.

Y eso, ninguna película lo narra tan bien.

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