Arte y Cultura

Pueblo redondo y otros cuentos, de Gloria Paiva

Gloria Paiva, cuyo nombre real era Gloria Emilia Concepción Paiva, nació en Caazapá (Paraguay) en 1937 y falleció en Asunción en el año 2024. Allí cu…

| Por José Antonio Alonso Navarro

Gloria Paiva, cuyo nombre real era Gloria Emilia Concepción Paiva, nació en Caazapá (Paraguay) en 1937 y falleció en Asunción en el año 2024. Allí cursó sus estudios primarios y secundarios. Fue una mujer inquieta y activa que combinó su labor de maestra vocacional y apasionada con la de colaboradora en los diarios Noticias y La Nación, respectivamente. En ellos dirigió el Suplemento Infantil de entonces con dedicación e ilusión, y siempre con el convencimiento de que la educación podía transformar vidas y cambiar el mundo. Tuvo tres hijos, entre ellos, Jorge Pérez Paiva, uno de los productores y realizadores de televisión más destacados en Paraguay en estos momentos.

En el año 1988 se incluyó su cuento La espera en la Antología de Cuentos Feministas Latinoamericanos en un concurso organizado por la Red Latinoamericana de Comunicación Fempres (desaparecida en el año 2000), una agencia de comunicación feminista fundada en 1981 por periodistas chilenas exiliadas. Luego, en 1991 obtuvo una Mención de Honor en el concurso de cuentos cortos organizado por el Departamento Cultural del Club Centenario por su cuento ¿De cebolla? En 1993 logró el primer premio en el concurso de cuentos organizado por el Club Centenario con su cuento Pueblo redondo, y cinco años después volvió a obtener el primer premio en el concurso de cuentos organizado por la misma sociedad con su cuento Absolución. “Soy cuentera”, afirmó una vez Gloria Paiva en un conocido medio de comunicación paraguayo en el año 2020, “disfruto al escribirlos y al leerlos como si fuera una niña lectora”.

Donación en vida y esencia del texto literario

Su inmensa generosidad hizo que donara en vida 601 libros de su propiedad (obras literarias, de divulgación científica, ensayos, antologías y revistas) a la Biblioteca Nacional para que estuvieran al alcance del pueblo paraguayo en pro de su formación y educación. Gloria Paiva fue, asimismo, una de esas escritoras que conocía a la perfección las entretelas y entresijos de la verdadera esencia del texto literario y sus posibilidades estilísticas, lingüísticas y literarias; que sabía que un texto literario no es monológico, ni monosémico ni denotativo, y que en nada se parece (ni debiera) a un texto jurídico, administrativo, científico o tecnológico. Menos mal. Gloria Paiva sabía que el texto literario, a diferencia de otros textos de carácter funcional, permite esa polifonía de voces, ese dialogismo, esa proyección de significados, y esa multiplicidad polivalente de interpretaciones y aproximaciones que lo hacen más rico e interesante para un lector crítico.

La connotación y el efecto de extrañamiento

La connotación es un apéndice de la obra literaria o parte de él que lo diferencia de todos esos textos funcionales donde la información objetiva, referencial o representativa es el propósito único y ya está. Eso lo sabían muy bien los formalistas rusos que acuñaron el término literariedad con el propósito de buscar las diferencias más notables entre la lengua común y la lengua (por decirlo de alguna manera) literaria, especialmente en la poesía y el cuento, para hacer notar cómo los mensajes se automatizan en la primera y se desautomatizan en la segunda.

Esa literariedad abarcaría todo ese conjunto de rasgos y propiedades lingüísticas y estéticas que hacen posible que un texto sea literario frente a la lengua común, de modo particular figuras literarias y retóricas como la metáfora, el hipérbaton, la hipérbole, el símil, la personificación o prosopopeya, etc., y la posibilidad de provocar un efecto de extrañamiento, vocablo acuñado por el formalista ruso Víktor Shlovski para explicar cómo un texto literario, por ejemplo, una poesía, contiene significados desautomatizados para que el lector los perciba de una manera nueva y extraña.

“Pueblo redondo”, un agobio de geometría circular

Los cuentos de Gloria Paiva provocan en cierto modo ese extrañamiento y sus historias, al connotar más que denotar, debe ser desenmarañadas, deshilvanadas o desbrozadas por el propio lector, agente clave en el marco de la Teoría de la Recepción. Una de sus colecciones de cuentos más notables lleva por título Pueblo redondo y otros cuentos, con prólogo de Lita Pérez Cáceres. Esta colección consta de veinte cuentos, y el primero lleva por título precisamente el de Pueblo redondo.

Este es, sin duda alguna, uno de los más destacados. En él la autora se centra en un pueblo de geometría circular que parece agobiar y sofocar a sus habitantes, haciendo que estos lleven una existencia monótona y tediosa dentro de un círculo que no tiene visos de acabar nunca. Sin embargo, la desesperación por salir de ese entorno circular hace que exista una resistencia subversiva que, desde el anonimato y el silencio, comience a trazar líneas que progresiva y gradualmente vayan expandiéndose cada vez más en pos, quizá, de una esperanza, de una salida o de una luz de vida.

El tobogán y los “espacios en blanco” de la historia

El tobogán es otro cuento sobresaliente que obliga al lector a llenar sus “huecos” o “espacios en blanco”, esos mismos huecos o espacios en blanco de los que hablaba Umberto Eco en Lector in fábula. En él se mencionan niños que corren, tiros que suenan, adultos que arrastran a los niños a las casas, huidas, etc., y eso nos hace pensar en la Revolución del 47 o, al menos, hace que, como lectores críticos, tratemos de recordar la historia del Paraguay con el fin de poder entender el cuento en su justa medida.

Por esa razón este no está destinado a cualquier lector, sino a un lector activo y crítico que se involucre en él mediante ese “juego” y esa “fiesta” que propuso Gadamer en la teoría de la hermenéutica con relación a una obra artística o literaria. El lector no va entender El tobogán si lo hace desde una posición externa, alejado de su cosmogonía y desde su propia atalaya cultural, ideológica, temporal y espacial. Sin embargo, si lo hace desde el horizonte de la empatía y sin prejuicios, disfrazándose con los ropajes de algunos de sus personajes, disolviendo su tiempo presente y adoptando su pasado histórico, embozándose con la capa de su cronotopos y dialogando con él, entonces el lector logrará acercarse a la verdad de su universo holístico.

La autora como metaconciencia creadora

La autora no lo va a poner fácil, ni lo pone, de hecho, fácil. Arroja una historia a la deriva, aunque con ciertos signos, y si el lector, repito, no hace un esfuerzo por fundir horizontes y expectativas, no va a comprender como sería lo ideal la verdad (o una posible verdad) que despliega. En El tobogán la autora no existe como ser y persona, sino como metaconciencia, por utilizar un término bajtiniano, esto es, como una autora exotópica y creadora que desgaja su “yo” ideológico del trasfondo mismo del cuento.

El cuento “La abuela” y el perspectivismo

En el caso de un cuento como La abuela, este no contiene, a mi juicio, pistas claves que coadyuven a desentrañar su significado o su verdad, sino que parece ser, simplemente, un cuento que invita al perspectivismo orteguiano desde la posición ideológica y de vida del propio lector. Quizá, cuántas más perspectivas surjan por parte de estos, antes se llegará a una correcta interpretación o comprensión como en un mosaico; y cuantas más propuestas interpretativas se pongan sobre la mesa, más seremos conscientes de esa dimensión plurisemántica y connotativa que es inherente al texto literario.

El cuento ¿De cebolla?, sin embargo, no parece haber sido escrito para el lector, sino por la autora para la autora misma, como un ejercicio mental, como un intento de extraer del subconsciente esos recuerdos y vivencias personalísimos e intransferibles propios de ella que solamente afloran durante la noche, como una terapia destinada a ordenar sus pensamientos y recordarla que, aunque el presente existe en la realidad, este puede trastocarse a través del recuerdo y reconducirlo al pasado.

Alma salvada y el toque feminista de La espera

En Alma salvada, Gloria Paiva utiliza su péñola como una cámara cinematográfica que busca planos diferentes con que presentar su contexto y realidad y la de sus protagonistas, todos los cuales forman parte de un cronotopo indisoluble.

La espera, en cambio, a diferencia de muchos de sus otros cuentos, posee un toque feminista o reivindicativo que invita a la reflexión y deriva en un colofón, epifonema o hasta eslogan publicitario que conjuga metáfora, alegoría y connotación, o las tres cosas a la vez: Allá donde la noche se junta con el día, una nueva luz se inicia, epifonema que lejos de insinuar o connotar venganza, reproche, lucha, odio o escisión entre los sexos, busca la unión y la esperanza entre ellos, y nos recuerda que hombres y mujeres deben luchar juntos diariamente para encarar los problemas de la vida, hasta los más simples y cotidianos. Y aunque hay algo de denuncia, esta se pone de relieve de un modo sutil para no generar inquina ni conflicto entre hombres y mujeres.

La decisión, un camino hacia el abismo

La decisión es uno de esos cuentos que traza un camino hacia un horizonte concreto, pero que acaba finalmente conduciendo a otro muy distinto, un cuento que raya entre lo trágico y lo cómico, lo trágico por su planteamiento inicial y lo cómico por su resolución final. En cualquier caso, es lo que se espera de un cuento que ha decidido provocar una vívida sensación en el lector despistándolo como estrategia narrativa.

El cuento titulado La lección se centra con lupa en personajes intrahistóricos dentro de un período concreto de la historia paraguaya no muy lejano con el objeto de evitar un compromiso o un contacto más cercano y real con personajes y políticos conocidos y compeler al lector a que lo haga él mismo, a que tome partido en la historia misma del cuento en el marco de su contexto histórico con un carácter personal y vivencial, y a que se identifique con ella y con sus actantes principales. El lenguaje en este caso desempeña una función vital en su carácter dual, por un lado, cuando es necesario, por el uso de un guaraní coloquial vinculado al pueblo llano y rural fundamentalmente, y por otro, por el uso de un dialogismo que busca definir mejor a los personajes, hacerlos más creíbles, y acercarlos al lector todo lo posible.

Perdudillas moradas: la mujer paraguaya

En el cuento Clase de computación Paiva demuestra su gran faceta de cuentista y cuentera por la originalidad que imprime al cuento, por su maestría, versatilidad y riqueza en el uso del español y, sobre todo, por su capacidad de relacionar la propia historia del cuento que versa acerca de las funciones prácticas de una computadora con una situación real en la vida de su protagonista.

En Perdudillas moradas se narra, sin embargo, una historia entre cómica y hasta grotesca, pero detrás de su telón reluce una protagonista muy importante, importantísima: una mujer que, aunque común, sin nombre, desconocida, anónima, resulta ser la representación cristalizada de todas las mujeres paraguayas, de esas mujeres paraguayas que luchan solas todos los días sin un hombre; que sufren los sinsabores de la vida y de su trabajo; y que solas tienen que sacar adelante a sus hijos en condiciones duras e impuestas.

Su protagonista es una mujer paraguaya en particular y la mujer paraguaya en general, y la perdurilla parece ser su símbolo e insignia, su distintivo y su banderín, sí, mi querido lector, la perdurilla, esa planta rastrera típica del Paraguay que se caracteriza por la variedad de colores de sus flores pequeñas (amarillas, rosadas o blancas), por crecer en suelos secos, arenosos y con sol, y por sus beneficios saludables a la hora de servir como un remedio refrescante del tereré y tratar afecciones como gripes, tos, catarro, fiebre, inflamaciones de garganta y problemas estomacales y su nula toxicidad.

Complicidad y voz literaria

Así es esa mujer paraguaya común de este cuento y que encarna todas las bondades de la perdudilla paraguaya. El resto de los cuentos, mi querido lector, presenta otros tantos cuadros y situaciones, sucesos y episodios que esperan ser proyectados al exterior con tu complicidad, por eso te invito a que los leas, a que los hagas tuyo y de nadie más, y a que los pongas voz propia ahora y para siempre. En vida Gloria Paiva puso la suya, su voz, en sus cuentos, y ahora que ya no está con nosotros, sus cuentos constituyen, sin duda alguna, su mejor voz, una voz clara y nítida, comprometida, pero conciliadora y pacífica.

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