Arte y Cultura

Cuando el poeta José Antonio Alonso Navarro habla de sus padres

Mi padre

| Por José Antonio Alonso Navarro

Este buen hombre, mi padre trabajó sin descanso para alimentarnos, para darnos una educación de excelencia, para que nunca nos faltara nada, y jamás emitió una sola queja, ni profirió un solo lamento ni de día ni de noche, ni al anochecer ni al alba, ni cuando la luna lloraba ni cuando la luna reía, ni cuando el sol guiñaba un ojo o desviaba, rencoroso, la mirada. Mi padre hizo de todo en esta vida para vernos crecer con orgullo y dignidad, con la frente bien alta, el corazón bien erguido, y el alma bien enarbolada para encarar los desaires, penurias e infortunios de este mundo.

Es verdad, yo no lo vi dolerse nunca, ni siquiera en los momentos más duros y acres de su vida, que los tuvo y, a veces, demasiado duros. Lo vi manteniendo en todo momento la compostura, aunque se hubiera quebrado su yelmo, roto su lanza, resquebrajado su adarga y descompuesto su maltrecho rocín. Pero mi padre fue también un hombre extraordinario porque, habiendo sido autodidacta toda su vida, fue un músico de calidad excepcional sin que nadie le hubiera enseñado a tocar un solo instrumento musical ni pagando ni sin pagar. Solo a través del oído, como él suele decir en los momentos familiares más íntimos y de recogimiento, fue capaz de tocar a la perfección la ocarina, el piano, el órgano, el clarinete y la guitarra clásica y no sé cuántos instrumentos más.

Yo, querido lector, junto con amigos y familiares, he sido testigo de ello. Tampoco nadie le enseñó idiomas, nunca tuvo un profesor particular para ello; solamente viajando y trabajando con personas de otras lenguas y culturas llegó a adquirir gran soltura, dominio y pericia en muchas otras lenguas, como el catalán, el inglés, el italiano, el portugués, el francés y el árabe moderno. Y como el que escribe esto es filólogo de carrera y profesión, he tenido la ocasión de comprobarlo personalmente. Además, mi padre ha sido y es un ávido lector maravilloso que ha aprendido muchas cosas a través de la lectura, y al que nunca he dejado de ver con un buen libro en la mano, un buen vaso de buen vino y unas finas aceitunas andaluzas.

Mi padre ha sido, es, y será siempre un hombre bueno y un buen hombre, y aunque muchos no se acuerden de las cosas buenas que hizo en el pasado y hace en el presente, yo sí me acuerdo, y juntas todas ellas en mi memoria, sirven, al menos, para moldear la esencia y sustancia de estas palabras y del poema que incluyo.

A mi padre

Hoy te he visto, papá, más viejo que nunca,

así en silencio,

de reojo,

tímido y acurrucado en mi ser grande de niño pequeño,

muy pequeño, pero adulto,

te he visto, te he visto casi como una cumbre rebosante de nieve blanca,

muy blanca, muy blanca, y me he caído al suelo…de la pena,

de tanta pena que he sentido,

de las mil penas que me han ahogado el aliento

y me han cortado, filosas, la vida en un segundo,

quizás para siempre, quizás en la herrumbre de un minuto…

y es que, papá, nunca te había visto así,

como un árbol a la deriva entre hojas invisibles,

como un odre consumido por el orín, la sed

y el vacío de un recuerdo inexistente,

como un palimpsesto de mil caminos al viento inclemente,

como un arroyuelo ahogado en espinas de pescado y

doblegado por las penurias de un tiempo infausto…

con los ojos marchitos de meditar a cada paso

de un inquieto reloj, por si acaso,

cansado de la farsa de este mundo y sus mentiras,

de sus demonios y sus esclavos más impíos…

te he visto, papá, más viejo que nunca, que antes,

y he tenido que clavar mil bracamartes en mis ojos

para evitar que me lloviesen de ellos cenizas

cubiertas con tristezas y melancolías abrasadas…

Papá, padre mío, tú que fuiste para mí un gigante

de mil brazos, mi báculo y mi paladín más aguerrido y esforzado,

tú que fuiste mi bastión más sólido y prominente,

el ser que más sangre me dio sin pedir nada a cambio,

tú que fuiste los mil castillos de piedra,

los mil jinetes huracanados y la montaña más elevada,

ahora te veo pequeñito en un pobre rincón atesorando recuerdos

y memorias vagas para darles brillo y luz

con una pobre paleta cubierta de gris y ya jubilada…

hoy te visto, papá, mirarme como mira un niño

a su pelotita blanca o empuja su barquito de papel

por una laguna de plata…

hoy te visto, papá, más viejo que nunca

y de la pena, de la pena, y de la pena he vuelto,

sin quererlo, o queriendo, a la nada.

Mi madre

Con orgullo mi querido lector, digo que ella es doña Ángeles Navarro Pascual y, aunque no es castellana vieja, es una andaluza circunspecta, joven de espíritu y llena de sabiduría, pero no de esa sabiduría que procede únicamente de la experiencia, sino de esas tres culturas enraizadas en la historia y en la tradición del Al-Ándalus: la mora, la judía y la cristiana.

Mi señora madre nos crio también a mis cinco hermanos y a mí sin lágrimas amargas en los ojos, sin muecas mustias y sin ademanes avinagrados, sino con alegría e ímpetu, aunque en ocasiones y por circunstancias de esta ingrata vida le doliera el corazón más que a un cántaro roto su propia alma. Y si me vio llorar, me sosegó con mil y una sonrisas, y si me vio reír, aumentó su intensidad con la sal de sus fábulas, el salero de sus historias y la gracia de sus acentos andaluces.

Mi madre siempre estuvo a mi lado en mis peores momentos, como una sombra repleta de ánimo sobre una pared encalada, como una hoja repleta de luz sobre su rama, y como una ola copiosa de vida en el refugio de su mar materno, y al igual que mi padre, nunca se quejó de nada ni por nada, siempre mirando hacia el futuro desde el presente, cuidando de sus hijos con mimo y amor, y trabajando día y noche con mucho tesón, pero feliz de sacar a su familia adelante con ese amor infinito e inquebrantable que solamente conocen los que son padres de verdad y por vocación.

A esa madre

(A Oilda)

A esa madre que cuando lloras,

solo, más solo que nunca,

abandonado, hundido,

hueco de dichas y colores,

en un rincón polvoriento,

te lanza la mirada más eterna del mundo,

sin decirte nada, absolutamente nada,

sin que la oscuridad del ruido perturbe

el eco mudo de la palabra solidaria;

a esa madre que cuando crees que el caótico universo,

ese mismo universo que ni te escucha ni te habla,

te ha maldecido con la más dolorosa de las espadas afiladas,

te regala de fuego azul una de esas sonrisas suyas

que prende para siempre en tu alma;

a esa madre que no deja de acompañar nunca

a la sombra huraña de tu humana existencia,

esa existencia que es cada vez más yunque y yunque,

para que el peso colosal del mundo no quiebre

esas ilusiones tuyas forjadas desde el lodo y la nada;

a esa madre que se arranca el último hálito de su vida,

el último suspiro de su ser más incansable, y no te miento,

para que, visible e invisible, sigas deambulando,

cual peregrino sufrido y doliente,

entre espinas dolorosas y maltrechas;

a esa sencilla madre, pero más inquebrantable que nunca,

que te abriga dulcemente sin resquebrajar el silencio del alba,

cuando Dios ya no te ampara ni te ama,

cuando ya no te ampara ni te ama,

cuando ya no te ampara ni te ama.

Querido lector, celebra conmigo en el momento en que esto leas, la alegría y la dicha de tener todavía, si los tienes y ruego por ello, a tus padres cerca de ti, porque ellos y nadie más supieron enseñarte en el albor de tus incipientes años los primeros pasos por un sendero tan misterioso como incierto como es la vida, exactamente igual que hicieron los míos conmigo antes de convertirme en poeta.

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