Durante seis días, Asunción respiró cine con el Festival Internacional de Cine Contemporáneo de Asunción (Asuficc). En cada sala en que tuvo lugar el evento, en cada charla improvisada en el pasillo, en los cafés y hasta en las esquinas donde los cinéfilos seguían debatiendo después de medianoche.
Fue una fiesta, pero también un refugio: ese lugar donde quienes aman el cine —los que lo hacen, los que lo estudian, los que simplemente lo disfrutan— se sienten en casa.
El cierre, el domingo, fue con la película “De la guerra fría a la guerra verde” de Ana Recalde de Miranda, coproducción entre Francia, Italia, nuestro país y Suecia, que llenó la sala del Centro Cultural del Puerto. Cuando aparecieron los créditos, el aplauso fue de esos que duran más de lo habitual.
Luego fue la entrega de premios.
En la Competencia Internacional de Largometrajes, el jurado —Mariana Pineda, José Pablo Escamilla y Francisco Venegas— decidió otorgar una mención especial a “El Príncipe de Nanawa”, de Clarisa Navas (Argentina/nuestro país). Una película entrañable sobre una amistad improbable, contada con ternura y verdad, que explora la frontera no solo entre países, sino entre edades, lenguas y emociones.
El premio a mejor largometraje fue para “Los hiperbóreos” (foto), del dúo chileno León/Cociña. Una obra hipnótica y arriesgada, de esas que se animan a ir más allá de lo formal, que exploran la mente y el mito con una voz propia. El jurado la definió como una meditación metacinematográfica profundamente original. Y tenían razón: verla fue como entrar en un sueño extraño del que cuesta salir.
La Competencia Internacional de Cortometrajes con un jurado compuesto por Maia Navas, Janaina Wagner y Maripili Alonso definieron el palmarés de la sección.
Las menciones especiales fueron para “Green Grey Black Brown”, de Yuyan Wang (Corea del Sur), por su lenguaje visual poderoso, y “Fronteriza” de Rosa Caldeira y Nay Mendl (Brasil/nuestro país), un retrato sensible sobre identidad, diversidad y frontera que viaja entre el guaraní, el español y el portugués.
El mejor cortometraje internacional fue “Saarvocado”, de Víctor Orozco Ramírez (Alemania/México): una pieza visualmente impactante que transforma una pintura nocturna en un campo de batalla simbólico.
Y si hubo una competencia que emocionó al público local fue la de Cortometrajes locales. El jurado —Agustina Abertman, Gerardo Michelin y Sofía Paoli Thorne— destacó el talento emergente del país con una mención especial para “La pandilla de San Antonio”, de Maya Riquelme, una aventura filmada con frescura y encanto lejos de la capital.
El premio principal fue para “Gallina” (foto), de Ana Arza, una historia sencilla pero sólida, contada con humor y ritmo, que nos lleva a las zonas rurales y a un momento clave de su historia.
Al final, entre brindis, risas y promesas de volver, todos sabían lo mismo: el Asuficc es una semilla y nos permite recordar que, aunque los algoritmos insistan en decidir qué ver, todavía hay un rincón en Asunción donde lo imprevisible, lo artesanal y lo humano siguen teniendo pantalla. Y eso, sin dudas, es lo que hace grande a este festival.


