Arte y Cultura

Historias en formato chico que anticipan futuro del cine paraguayo

En esta nueva edición del ASUFICC, los cortometrajes ocupan un lugar especial. Y no es casualidad. El formato corto tiene algo mágico: permite contar mucho en poco tiempo.

| Por Hernán Moyano
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Dicen que en un largometraje uno cuenta la historia, pero en un corto, al personaje. Tal vez sea porque el tiempo obliga a elegir con precisión el recorte, ese momento exacto donde el espectador se asoma al universo de la historia. Puede ser el principio, el medio o incluso el desenlace. A veces, no hay conflicto en absoluto: solo una sensación, una idea, una imagen. Eso es lo maravilloso del formato corto: su libertad.

El problema es la exhibición. No hay plataformas de streaming que programen cortos de forma constante, y pocas veces llegan al circuito comercial. Por eso los festivales siguen siendo la gran ventana entre los realizadores y el público. Ahí, en esas pantallas, nacieron muchos de los grandes nombres del cine antes de dar el salto al largometraje.

Dentro del ASUFICC, hay dos competencias dedicadas a premiar al formato corto. La gran novedad de este año es la competencia nacional de cortometrajes, que reúne a nuevas voces del cine paraguayo.

Muchos dicen que el cine paraguayo aún está buscando su identidad, su estética. Pero basta mirar lo que hacen las nuevas generaciones para notar que algo está ocurriendo. Hay frescura, irreverencia, ganas de contar a como dé lugar. Cada corto es una pequeña pieza que empieza a dibujar el mapa de un cine con estética propia.

En la primera tanda de cortos locales, proyectada en el Centro Cultural Paraguayo Americano, se presentaron cuatro historias que fueron desde los seis hasta los veintidós minutos. Cuatro miradas distintas, pero igual de potentes.

El primero fue “El secreto del silbido” (2024), de Araceli Viveros. Una historia que toma el mito del Pombero y lo convierte en una metáfora sobre el abuso intrafamiliar. El corto, de una factura técnica impecable y gran sensibilidad actoral, conmueve por su equilibrio entre lo simbólico y lo real.

Le siguió “Mitã’i Churi”, una animación dirigida por Elian Guerin y producida por Mathías Maciel, ganadora de un fondo conjunto entre el IAAviM y el INAP. Con un trazo ácido y directo, reflexiona sobre cómo la propaganda bélica manipula a los niños a través de juguetes, películas y videojuegos. Breve, visualmente poderosa y con una mirada crítica muy necesaria.

El tercer corto fue “La pandilla de San Antonio” (2025), de Mayra Riquelme, comedia de aventuras con aire de barrio y corazón infantil. Luis, de siete años, se muda con su mamá a un nuevo vecindario y quiere unirse a una pandilla de chicos. Pero, para hacerlo, deberá enfrentarse al temido “señor de la bolsa”. Con ritmo, humor y ternura, el corto logra una versión local y fresca de Los Goonies. Fue el respiro cómico de la jornada.

Finalmente, “Lo profundo del río”, de Gaspar Insfrán, cerró la función con un tono completamente distinto. Maya, una mujer asfixiada por las presiones familiares, busca ayuda en una vidente que le anuncia una muerte cercana. A partir de ahí, la historia se sumerge en un viaje interno tan oscuro como bello. Con una interpretación magnética de Salma Vera y una fotografía impecable, el corto brilla como un ejercicio de estilo dentro del thriller psicológico.

En conjunto, estos cortometrajes muestran algo más que talento: reflejan el pulso de un cine paraguayo que se anima a mirar hacia adentro.

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