Arte y Cultura

El placer de concentrar una emoción efímera a través del haiku

De todas las composiciones poéticas más complejas, una de ellas es, en mi humilde opinión como fámulo de las letras, el haiku. Y es que, amigo lector…

| Por José Antonio Alonso Navarro

De todas las composiciones poéticas más complejas, una de ellas es, en mi humilde opinión como fámulo de las letras, el haiku. Y es que, amigo lector, cuanto más se adentra el poeta en los versos de arte mayor, más posibilidades posee este de expresar con mayor soltura y libertad su cosmovisión del mundo, de su entorno y de su realidad, pero cuanto más acorte este mismo la extensión de sus versos o decida adaptarse a una composición poética que contenga versos de arte menor, más difícil, aunque no menos fascinante, le resultará poder expresar su bagaje emocional e intimista del mundo a lo largo de ellos. Pero ese es el reto, y ese es también el desafío que ofrece el haiku japonés. Y no me sorprende conociendo el carácter sobrio y espartano de una cultura y de una tradición tan milenaria como la japonesa.

El haiku se presenta como un poema de estructura sencilla, aunque rígida, que compele y constriñe al poeta a encapsular y encorsetar sus emociones en ellas. Sin embargo, este tipo de composición poética ha ejercido una fascinación enorme en muchísimos poetas laureados y de renombre a lo largo de la historia que, en algún momento, decidieron experimentar con ella dejando de lado temporalmente versos como los eneasílabos, los decasílabos, los tridecasílabos (algo algo inusuales en español), alejandrinos, etc. El haiku japonés clásico consta de tres versos de cinco, siete y cinco sílabas, y puede estructurarse en dos partes. La primera ofrece, si se quiere, el contexto temporal y espacial del poema, y la segunda, un elemento emocional inesperado y sorprendente destinado a llamar poderosamente la atención del lector.

La intensidad poética de esta composición surge del clash poético entre ambas partes. El haiku permite, así pues, condensar en el interior de su estructura un momento o un instante específico con el objeto de transcenderlo o hacerlo más sublime y eterno. La emoción y el asombro desempeñan funciones relevantes en esta composición con vistas a propiciar también un cambio en la percepción del lector con relación al mundo. La temática del haiku japonés es tan diversa como variada e incluye elementos como las estaciones del año (la primavera, el verano, el otoño o el invierno), y dentro de ellas, las flores de cerezo, la lluvia, las luciérnagas, las hojas otoñales, etc., elementos propios de la naturaleza como animales, plantas e insectos, o “fotografías” de un momento específico (o efímeras) asociadas a una emoción particular.

Históricamente, el monje budista del siglo XVII hizo muy populares los haikus en Japón, y parece que estos tienen a los jueju (“versos cortados” o “versos truncados”) como antecedentes. Los jueju constituyen un tipo de poesía china que surgió durante la dinastía Tang (618-907 d.C.). Poseen una estructura fija de cuatro versos, y cada verso tiene cinco o siete caracteres chinos, con rima en los versos pares (2 y 4, respectivamente). La idea de este tipo de composición, como en el caso del haiku japonés, es condensar o petrificar una imagen, una emoción, un sentimiento completo, así como sugerir o evocar todo lo que se pueda en pocas palabras. Entre los temas que abordan están la soledad, la nostalgia, el amor o la naturaleza. Wang Zhihuan, por ejemplo, fue un poeta chino de la era de la era del emperador Xuanzong de Tang (685-762) que llegó a escribir jueju, de los cuales solo se han conservado seis.

El haiku, repito, posee una estructura sencilla, pero no exenta de complejidad por esa necesidad que tiene de congelar una emoción del poeta como resultado de su relación con su entorno. Esta emoción puede estar, por otro lado, vinculada al concepto hegeliano de totalidad, concepto que nos remite a esa relación harmónica o no que se establece entre el ser humano con su mundo. La relación es harmónica y de plenitud cuando no existen contradicciones o tensiones en las emociones del artista. Sin embargo, el haiku es algo más, es un constructo que nace como parte de un aprendizaje en la vida y en la circunstancia del poeta que puede resumirse en un antes y en un después. Por eso el haiku, en otras palabras, es una experiencia emotiva y emocional que surge ante la contemplación de la naturaleza.

Algunos de los autores más destacados en este tipo de composición japonesa breve fue, además de Matsuo Bashō, Yosa Buson, Taneda Santôka o Ueshima Onitsura. Este último fue también un monje budista que vivió en el siglo XVII. Fuera de Oriente, fueron muchos, como dijimos más arriba, los que cultivaron haiku como una manera de reflejar la realidad intimista en conexión con la realidad exterior y la naturaleza de otra manera diferente. Uno de ellos fue el escritor argentino Jorge Luis Borges (1899-1986) que sintió inclinación por el haiku e incluyo diecisiete de ellos en su libro La cifra, publicado en 1981 en la editorial Emecé de Argentina y en la editorial Alianza Editorial en España. Los poemas versan sobre el amor, el tiempo y sobre sí mismo fundamentalmente. He aquí uno de ellos:

¿Es o no es

el sueño que olvidé

antes del alba?

También en Argentina Álvaro Yunque (1889-1982) escribió haikus. Uno de ellos es este que comparto contigo, amigo lector, porque me parece tan bello como el anterior.

¿Qué es triunfar?:

¿No ser agua de lluvia

que cae al mar?

En España fueron varios los autores que cultivaron el haiku, entre ellos Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Jorge Guillén, Juan José Domenchina, Emilio Prados y Federico García Lorca. El caso de Luis Cernuda (1902-1963) es peculiar porque este, de alguna manera, no escapó del influjo de la cultura japonesa en los poetas occidentales del siglo XX, y llegó a escribir, al menos, dos composiciones de clara inspiración japonesa: Un momento todavía incluido en Con las horas contadas (1950-1956) y Bagatela, en Desolación de la quimera (1962).

Antonio Machado (1875-1939), en la segunda edición de Soledades de 1907 (Soledades. Galerías y otros poemas), mostró un gran interés por el haiku y lo cultivo a su manera, aunque manteniendo su brevedad y la ausencia en ellos de artificios retóricos que pudieran convertirlos en composiciones poéticas de estilo ampuloso, y llevando a cabo una interesante simbiosis entre el carácter japonés y la tradición poética española. Un haiku suyo es el siguiente:

Dentro de un olmo sonaba la sempiterna tijera

de la cigarra cantora, el monorritmo jovial,

entre metal y madera,

que es la canción estival.

Juan Ramón Jiménez (1881-1958) compuso haikus vinculados a la naturaleza como:

¡Ay, el aire yerto,

campana en el frío,

ojos en la escarcha!

Federico García Lorca (1898-1936) también escribió haikus cuando era estudiante con el fin de innovar y experimentar otras formas poéticas, sobre todo, influido o guiado por su amigo de la infancia Miguel Pizarro a través de sus cartas. Miguel Pizarro fue un poeta, diplomático y profesor de español en la Universidad de Osaka, en Japón, durante algún tiempo, lo que hizo que este último tuviera acceso a la cultura japonesa de primera mano, y pudiera compartir sus experiencias en el país nipón con su amigo Federico. Lorca envió algunos de los haikus a su madre, y en algunos de ellos aludía claramente a elementos culturales propios del Japón. Voy a incluir el siguiente para tu disfrute y deleite, amigo lector:

En mi serena

noche del alma.

¡Para siempre oscura!

Los mejicanos José Juan Tablada y Octavio Paz y muchos otros poetas mejicanos experimentaron con los haikus. Sobre el haiku, sostenía Octavio Paz, que era “un organismo poético muy complejo”. José Juan Tablada (1871-1945) publicó sus haikus más notables y conocidos en su obra Un día: poemas sintéticos (1919) en Caracas, Venezuela, así como en las revistas mexicanas como la Revista Moderna, la Revista Azul y El Mundo Ilustrado, entre otras.

El ruiseñor

Bajo el celeste pavor

delira por la única estrella

el cántico del ruiseñor.

Octavio Paz (1914-1998) compuso algunos de sus haikus en algunas obras suyas como Piedras sueltas (1955). Su interés por ellos surgió después de un viaje que realizó al Japón en 1952 como embajador de México.

Troncos y paja

Por las rendijas entran

Budas e insectos.

El escritor uruguayo Mario Benedetti (1920-2009) escribió también haikus en su libro Rincón de Haikus, libro que fue publicado por la Editorial Visor de Madrid en 1999, con prólogo de Benjamín Prado, aunque no se le conoce ningún viaje a Japón. En realidad, su interés por estas composiciones breves japonesas nació después leer un libro de Julio Cortázar sobre la poesía japonesa. Los haikus de Benedetti conservan la estructura clásica de cinco, siete y cinco sílabas en tres versos.

Cada suicida

sabe dónde le aprieta

la incertidumbre.

Y como yo también peco, amigo lector, de poeta, y tengo el veneno o el hidromiel de la poesía en mis venas, te regalo este haiku mío que acaba de brotar en mi corazón contemplando la fresca noche asuncena de este domingo que se cierne majestuosa sobre mí.

Tengo mucha hambre

de libertad sonora,

muy lejos de ti.

Amigo lector, nos pueden gustar los haikus más o nos pueden gustar menos, pero al haiku no hay que entenderlo a nivel cognitivo para penetrar en su verdadera esencia, sentirlo y disfrutarlo, ni tampoco leerlo meramente, porque de ser así vamos a acceder a sus significantes, y no a la proyección genuina y holística de sus significados. Para aproximarse al haiku, ya esté escrito en japonés, en español o en otra lengua, hay que empatizar con él, hay que ponerse en la piel del poeta y en la emoción sentida por éste, en su sentimiento de acogida, hay que disolver el tiempo y trasladarse a la efímera y transitoria experiencia vital del bardo, aunque sea tan solo un instante, pero esa es la funcionalidad primigenia del haiku. Y si lo deseas, te animo a escribir un haiku en la soledad de tu recámara para que vivas en carne propia la experiencia de condensar una emoción, la tuya, y solamente tuya, en su cuerpo sempiterno.

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